Vio de pronto con toda claridad la conducta de Mrs. Power, que le había parecido hasta entonces inexplicable... No mentía al alabar la frialdad de su carácter, que ella llamaba «práctico», dando a tal palabra la misma solemnidad que si fuese un título de nobleza. Decía la verdad al repetir con sonrisa de orgullo que nada tenía de poetical. Era un hombre, un verdadero hombre de negocios, de los que sólo conceden a los impulsos del afecto unos minutos de su existencia; de los que tratan las necesidades de la carne como vulgares y rápidas operaciones de higiene y únicamente se acuerdan del amor cuando la abstención los martiriza, dedicándole media hora entre dos asuntos financieros, sin recuerdos y sin nostalgias. ¿Por qué había venido hasta él aquella mujer, turbando su calma?... Era indudable que Maud amaba a su manera a míster Power, como se ama a un ser inferior y hermoso, con el doble orgullo de ser admirada y ejercer el dominio de la superioridad.

La monótona existencia de a bordo, favorecedora de la tentación, las abstenciones de un largo viaje dedicado por entero a los negocios, la influencia del ambiente cálido, el hálito afrodisíaco del Océano, habían quebrantado y reblandecido la glacial serenidad de aquella mujer. Llevaba la cuenta angustiosamente de los días que aún le quedaban de navegación, como se cuentan en una plaza sitiada y sin víveres las horas que faltan para que llegue el ansiado socorro. Y al flaquear su voluntad por las influencias de un ambiente más poderoso que su energía, había puesto los ojos en Fernando, porque era el más inmediato, el más «distinguido», el hombre que entre todos los del buque tenía cierta semejanza con la lejana y seductora imagen de míster Power.

Esta dama varonil lo había tomado a él lo mismo que toman los hombres en momento de premura a una mujer de la calle. Y pasada la embriaguez, lo repelía furiosa por sus asiduidades, extrañada de su insistencia, igual que un señor que se viese perseguido por una compañera de media hora, como si el encuentro fortuito y mercenario pudiese conferir derechos. ¡Ah, miserable! ¡Con qué risa cruel y dolorosa reiría Teri si pudiese conocer esta aventura grotesca! ¡El hombre en el que creían ver sus ojos de amorosa todas las perfecciones, tratado lo mismo que un objeto que se alquila!... Y le dolió más la posibilidad de esta burla desesperada que el imaginarse a Teri entre lamentos y lágrimas.

Con una reacción enérgica de su orgullo, salió Fernando de este desaliento. Había que ser hombre y aceptar los sucesos, sin exagerar su importancia. Una simple aventura de viaje, que iba a quedar ignorada; Maud procuraría que lo ocurrido no saliese del misterio. La había prestado un buen servicio—Ojeda reía amargamente al pensar en esto—, habían sido felices unas horas, y luego se separaban como extraños, sin recuerdos y sin melancolías: lo mismo que si se hubiesen conocido a la caída de la tarde en un bulevar de París para pasar media hora juntos en un hotel y no volver a encontrarse nunca.

El despego de ella era sin duda a causa de un tardo remordimiento que había sobrevenido con la saciedad... Remordimiento, no: simple prudencia; deseo de conservarse aislada en los días que faltaban para llegar al próximo puerto. Su marido subiría al buque, y ella quería salir a su encuentro sin miedo a las maliciosas sonrisas de los pasajeros. Él había sido el escogido para el remedio en momentos de turbación y de prisa... ¿y qué derechos le daba esto? Lo mismo podía haber sido el agraciado míster Lowe o Isidro Maltrana. Ojeda, por su parte, tenía igualmente un gran amor, y le convenía olvidar lo mismo que Maud... Algo le dolía en su orgullo de hombre verse tratado así, pero era el dolor de la operación quirúrgica que extirpa el mal... ¡A vivir!

Se levantó del banco, aproximándose a las ventanas de los salones. En las barandas de una galería que comunicaba el salón de música con el comedor se habían agrupado algunas mujeres, contemplando las parejas que danzaban abajo. Eran señoras que no habían querido vestirse para la fiesta; doncellas de servicio de las pasajeras ricas, simples criadas de a bordo que aprovechaban la ausencia del mayordomo para echar un vistazo.

Ojeda vio despegarse de este grupo y atravesar el jardín de invierno, saliendo a la cubierta, una mujer vestida de obscuro, sencillamente. «¡Ah, señora Eichelberger!...»

Fernando celebraba su encuentro con Mina, como si ésta le trajese la felicidad. Estrechó entre sus dos manos la diestra que le tendía la alemana, y ella, con cierta emoción por las efusivas palabras, volvía sus ojos a todos lados, extrañándose de verle solo, creyendo que iba a aparecer repentinamente la esbelta silueta y el cigarrillo encendido de la norteamericana.

Balbuceó, como si al darse cuenta de su turbación sintiese cierta vergüenza. Daba excusas por su aspecto sencillo, cuando todas las mujeres del buque habían sacado aquella noche sus mejores trajes. Ella no había de bailar, y tampoco gustaba de permanecer sola en el salón mientras su marido jugaba en el fumadero. Por curiosidad y por aburrimiento, luego de acostar a Karl, se había asomado a aquella galería para ver el baile. ¡Vivía tan aislada!... Y con una contracción de su mano, oculta entre las de Fernando, agradeció la bondad de éste al ocuparse de ella.

Luego, su rostro fue animándose con una sonrisa pálida que pretendía ser maliciosa. Se asombraba otra vez de verle solo. Casi se había decidido a renunciar a su amistad. Pero Fernando la interrumpió: