—Todo ha terminado: se lo juro... ¡Terminado para siempre! Yo no tengo en el buque otra amiga que usted.
Y lo decía de todo corazón, contento de estar al lado de Mina, satisfecho de la ternura con que ella le contemplaba.
¡Excelente compañera!... Fernando, que creía necesario el trato con una mujer, lamentábase de no haber permanecido al lado de Mina desde el primer momento de su amistad. Ésta no le molestaba haciendo la apología de su marido; era dulce y parecía admirarle. Muy al contrario de la otra, que hasta en los momentos de mayor efusión guardaba el empaque de una dama altiva que desciende a hablar con su criado.
Además, pensaba en Teri, en su firme propósito de no envilecer la nobleza de los recuerdos con otro «crimen», pues de tal calificaba con vehemente apreciación su aventura reciente. Con Mina no arrostraba peligro alguno: la pobre estaba desengañada. El fracaso de su existencia la hacía huir de toda complicación pasional, prefiriendo una vida vegetativa y humilde. Además, parecía enferma... Era la compañera deseada para las monotonías del mar: una amistad femenil de todo reposo; y al separarse se dirían ¡adiós! llevándose cada uno el recuerdo melancólico de algo desinteresado y puro.
Habían ido a apoyarse en la borda de babor, contemplando la luna.
—Cada noche sale más pronto y es más grande—dijo Mina—. ¡Qué enorme y qué blanca!... En Europa nunca la vemos así.
Asomando a ras del Océano, era el astro una cúpula inverosímil por su amplitud. Hacía recordar el huevo fabuloso del pájaro Roc de los cuentos orientales, grandioso como un palacio. Su luz galoneaba de plata el contorno de las nubes y tendía sobre el mar un camino anchísimo e inquieto, un camino en triángulo desde el horizonte hasta los costados del buque, haciendo hervir las aguas con una ebullición pálida que repelía toda idea de calor.
Mina contemplaba la inquietud de este camino irreal cortando la obscuridad atlántica, cada vez más ancho, más luminoso, así como ascendía el astro en el horizonte.
—Se sienten deseos de marchar por él—dijo en voz baja, emocionada por la majestad de la noche—. Quisiera saltar fuera del buque y correr... correr por esa calle de plata hasta no sé dónde.
—¿Sola?—preguntó Fernando con tono de reproche.