Todavía, aprovechando la ausencia del gentío, que al esparcirse por la cubierta no había llegado hasta ellos, se besaron por última vez con un beso largo, que la alemana prolongó cerrando los ojos, abandonándose cual si fuese a morir.
Luego se salvó de un salto, para detenerse a corta distancia. Sonreía con expresión maliciosa; levantaba una mano con el índice erguido, como una maestra que lanza su última recomendación.
—Novios, sí... Boca, sí... ¡Cabina, nooo!... ¡Cabina, malo!
Y tras estos balbuceos en español, que revelaban un miedo cómico a la «cabina», huyó apresuradamente, volviendo por dos veces la cabeza para mirar a Fernando antes de desaparecer.
Éste paseó algún tiempo por la cubierta. Sentíase al principio contento de su suerte. ¡Lástima que no estuviese allí Maud, para que se enterase de lo poco que le impresionaban sus desdenes!... Veía a la norteamericana muy lejos en sus recuerdos, casi sin corporalidad, como una imagen indecisa...
Pero al poco rato empezó a experimentar una sensación de inquietud. Su conducta reciente le molestaba lo mismo que un remordimiento. «Muy bien, don Fernando—se dijo con irónico reproche—. No tenía usted bastante con el desengaño ridículo de la otra, no le ha servido de escarmiento una aventura tan grotesca, y en el mismo día se lanza a perturbar la tranquilidad de una pobre mujer que acepta sus avances con una sensiblería de romanza y toma el amor como si estuviese en los quince años.» ¡Qué gusto de complicarse la vida!... ¡Qué cordura en un hombre que marchaba a la conquista de la riqueza!... ¡Y para meterse en tales aventuras había abandonado lo que tenía en Europa!... «Don Fernando, es usted un chiquillo; el bigote que lleva en la cara lo usurpa... Acabará usted consiguiendo que se rían de su persona todos los del buque...»
A pesar de estas recriminaciones mentales, no llegaba a entristecerse. La protesta removíase en su cerebro, avergonzada e iracunda; pero el resto del cuerpo parecía satisfecho, con un regodeo de recuerdos y un estremecimiento de esperanza... Peor era la nada; pasar los días comiendo o dormitando en el sillón con un libro en las rodillas.
Al entrar en su camarote, después de media noche, sus ojos tropezaron con la imagen de Teri erguida sobre el tocador en el encierro de un marco dorado. ¡Pobre Teri! Por primera vez en todo el día pensaba en ella, sólo en ella, sin poner su recuerdo en parangón con la imagen real de otras mujeres. Este pensamiento tardío iba acompañado de remordimiento y miedo. ¡Qué diría Teri si pudiese verle!... Para evitar esta posibilidad, como si temiera que los ojos del retrato fuesen a adquirir el sentido visual, intentó volverlo de cara a la pared. ¡Lo mismo que Maud con míster Power!... Pero un escrúpulo supersticioso le contuvo. Ella estaba lejos... ¡Quién sabe lo que podría ocurrirle como un choque reflejo de este acto impío!...
Hizo sus preparativos para acostarse, huyendo la mirada del retrato. Al tenderse en el lecho y quedar en la sombra, sus temores y remordimientos se fueron aligerando, hasta no ser más que tenues nubes que se llevaba el sueño por delante con la escoba del olvido. Veía en la incoherencia de su adormilado pensamiento a los parientes del obispo incitándolo a que entrase en el baile. «Monseñor: el mar... es el mar.» Veía a Maltrana apostrofando al Océano, el gran tentador: «Galeoto de mostachos de algas... Celestina de arrugas verdes». Y lo mismo que él, repetía: «Seamos miserables. Ya nos purificaremos al bajar a tierra».
Un dulce cinismo acompañó sus últimos pensamientos. La alemana... ¿por qué rehusarla?... La otra estaba lejos; nada sabría. El viaje era monótono, y había que aprovechar las ocasiones para alegrarlo. Una vez en tierra, recobraría su cordura... Había que creer en la filosofía de Maltrana. La gran cuestión era... ¡pasar el rato!... Y Fernando se durmió.