A la mañana siguiente por la mañana se encontró con Mina en la cubierta de los botes. Había dejado a su hijo en el gimnasio y fue hacia Ojeda, ruborosa y encogida, vacilando en su saludo, temiendo tal vez un cambio de carácter, un arrepentimiento, después de la noche anterior. Pero al ver que él sonreía, acariciándola con los ojos, estrechando su mano con tierna efusión, el rostro de la alemana se dilató, cual si la savia de su cuerpo se descongelase con el ardor de una nueva juventud.

Impulsada por esta alegría, quiso exteriorizar audazmente su agradecimiento. Estaban medio ocultos por el cilindro de una boca de ventilación. Mina, luego de mirar a un lado y a otro, avanzó sobre Fernando con los brazos abiertos. «Novio... novio mío.» Fue un beso rápido, pero vehemente, con acometividad, distinto de los prolongados y lánguidos de la noche anterior. Luego, como si este saludo matinal los hubiera saciado por el momento, buscaron la sombra de un toldo, y sentados en dos sillones, contemplaron el Océano en dulce quietismo, mirándose sin palabras.

Fernando la examinaba a la luz del sol, gozándose con extraña crueldad en su desencanto, cada vez mayor. La luz cruda hacia resaltar todos los detalles de una belleza marchita: el rostro con leves arrugas en plena juventud, el círculo de palidez amarillenta en torno de los ojos, el rosa anémico de los labios, el tinte verdoso de la tez, que no habían conseguido borrar los extraordinarios cuidados de tocador de esta mañana. Además, el niño que iba a presentarse de un momento a otro; el marido, que estaba en su camarote roncando la cerveza de la noche; el vestidillo pobre, que ella había intentado realzar con unos encajes baratos y un ramo de violetas artificiales fijo en el talle... Todo esto daba a su nuevo amor cierto aire ridículo. Seguramente que si pasaba Mrs. Power ante ellos, no podría mantenerse en su altivez silenciosa y sonreiría irónicamente... Pero un egoísmo optimista protestaba en su interior contra tales escrúpulos.

—Podrá ser grotesca, ¿y qué?... Me divierte, y basta. El amor siempre es amor, por ridículo que parezca, y esta pobre mujer me quiere. Soy para ella la ilusión, el recuerdo de un mundo en el que vivió y al que no puede volver... Lo que importa es llevar las cosas adelante: sacar algo positivo.

Y con tortuosa astucia iba encaminando la conversación hacia donde era su deseo. Ella hablaba con los ojos perdidos en el infinito, queriendo prolongar el encanto de la noche anterior. Evitaba el mirarlo, para no sufrir una timidez que cortaba sus palabras. Hablaba como si estuviese sola, exteriorizando su pensamiento en un monólogo. ¡Dulce noche! ¡Vida fantástica de ensueños maravillosos desarrollados en la sombra!... Ella se había visto conviviendo con él en uno de aquellos países de América hacia los cuales marchaba el buque. Eichelberger no existía; había muerto, o tal vez estaba de vuelta en Europa. Y los dos existían unidos como esposos, en la libertad de un pueblo nuevo, teniendo con ellos a su hijo.

Fernando y Karl eran los dos únicos seres de este mundo que ella podía amar. Vivir para siempre entre el hombre adorado y su hijo, ¡qué inmensa dicha!... Pero no era más que un ensueño; una ilusión del viaje oceánico. Cuando saliesen de la clausura del Goethe, cada uno se iría por su lado; y aunque por una bondad de la suerte llegasen a vivir juntos, Fernando no toleraría la presencia caprichosa y enfermiza de aquel niño que no era suyo. Y ella no podía existir sin Karl.

Aceptó Ojeda con sonrisa bondadosa estos ensueños, mientras en su interior empezaba a latir la irritación de la protesta. ¿Por qué dar un ambiente de hogar burgués a un amor que todavía estaba empezando?... Para aquella walkyria de poéticos éxtasis y ojos nostálgicos, la pasión tomaba una seriedad vulgar, moldeándose con arreglo a los santos principios de la familia y el buen orden. Si continuaba en sus ensueños, iba a proponerle el amor en pantuflas al lado del fuego, ella mal peinada y con bata, cortando meticulosamente las tostadas, vigilando el hervor de la cafetera; él con una pipa enorme, leyendo gacetas y acariciando la cabeza estoposa de un niño que no era suyo... ¡Muchas gracias!

Pero se cuidó de ocultar estas impresiones internas, encaminando el diálogo amoroso hacia sus deseos. ¡Vivir juntos! También había soñado con esta felicidad en la noche anterior... Para él, la posesión era un compromiso sagrado, que le unía por siempre a una mujer, añadiendo la ternura de la gratitud al desinterés del amor. ¡El día que ella, de buena voluntad, se decidiese a hacerle feliz con algo más que sus besos...!

Mina, adivinando el término de esta fraseología, se ruborizaba, echándose atrás con instintiva conservación. No; siempre diría no. En otros tiempos, tal vez; cuando ella era joven y hermosa; cuando tenía la certeza de que podía dar felicidad y orgullo con la limosna de su cuerpo. ¡Pero ahora!...

Se daba cuenta de su ruina. Era una sombra del pasado, y si llegaba a ceder en un momento de bondad, se arrepentiría luego, viendo en Ojeda un gesto de decepción, lo mismo que si acabase de sufrir un engaño. «No, novio mío, no.» Lo importante era amarse. Lo otro habría de ocurrir forzosamente cuando viviesen juntos, pero no era de más valor que cualquiera de las funciones viles que entristecen nuestra existencia. ¡Quién sabe si traería como resultado el desvanecimiento de la ilusión!... «Vivamos así... Tal vez cuanto más tarde eso que tú deseas, más tiempo durará nuestro amor.»