De pronto, su conversación tuvo un testigo. Era Karl, que había abandonado el gimnasio y se mantenía de pie entre los dos, mirando a uno y a otro sin entender lo que hablaban. En su atenta inmovilidad notábase una expresión de niño viejo, un fruncimiento de cejas de persona mayor que sospecha y reflexiona. Su frente saliente, de testarudo, parecía hincharse y latir. Dejábase acariciar por la mano distraída de Fernando, pero de pronto huía de él y se arrojaba de cabeza en el regazo de la madre, permaneciendo con los brazos extendidos, cual si pretendiese ser para ella un escudo protector.
Creía olfatear un peligro, con ese instinto misterioso de los seres simples que ven en el aire cosas y amenazas completamente ocultas para las personas de razón; el sentido que hace aullar al perro en la casa donde se prepara una desgracia; el impulso que guía el revoloteo de ciertas aves sobre la vivienda a cuyas puertas llama la muerte.
Mina acariciaba la nuca de su hijo, y éste acogía la amorosa protección con un runruneo sordo, lo mismo que una bestezuela doméstica que siente disiparse su pavor. Pero el pensamiento de la madre estaba cada vez más lejos de Karl. Todo él era para Ojeda, que la devolvía a su pasado. Sus ilusiones de artista, su entusiasmo por la emoción estética, su veneración por el genio, habían reaparecido de golpe. En su amor había mucho de agradecimiento para aquel hombre, gracias al cual resurgían de entre las ruinas y los pesimismos de la decadencia sus antiguos entusiasmos de cantante. Aún creía posible la continuación de su vida pasada; menos brillante que en otros tiempos, manteniéndose en segundo término, pero con iguales satisfacciones. El engaño de su matrimonio con un artista mediocre iba a ser un paréntesis de sombra nada más. Tal vez se cumpliese el soñado destino, acabando ella por ser la compañera de un grande hombre.
Aprendería el castellano para saborear las obras de Ojeda, que indudablemente era un genio. Se lo decía su amor. Cuando viviesen juntos, entraría de puntillas en su estudio, permaneciendo detrás de él en amorosa contemplación, como una esclava. Y cada vez que terminase un verso... un beso; a cada estrofa concluida, seis, doce... una lluvia; y cuando diese fin a la obra, él la leería con su voz de oro, y ella escucharía arrodillada a sus pies adorándolo como un dios: «¡Oh, mi novio, mi Tannhauser!... ¡Poeta colosal!».
Así pasaron la mañana, fantaseando sobre el porvenir, sin poder cambiar otras caricias que algunos apretones de manos por encima de Karl, hundido entre las rodillas de su madre.
El niño sólo abandonó su enfurruñamiento al hablarle Mina en alemán de la fiesta de la tarde. Comenzaban los Olympishe Spiele con que chicos y grandes iban a celebrar durante cuatro días el paso de la línea. Y estos juegos olímpicos consistían en tragar pasteles con rapidez, llenar un tanque de patatas, enhebrar agujas, batirse a golpes de almohada, correr metidos en sacos, saltar obstáculos, y otras suertes que se repetían en todos los viajes al pasar la línea equinoccial con la exactitud de ritos religiosos.
Por la tarde iban a ser los juegos de los niños. Ojeda hizo un gesto de cansancio: prefería quedarse en su camarote. Pero Mina le miró suplicante. «Novio mío... ven». Ella había de asistir para cuidar de Karl. ¡Si Fernando estuviese cerca!... No se hablarían, no se mirarían; pero ¡sentirlo junto a ella! ¡saber que podía verle con solo volver la cabeza!...
Y Fernando fue por la tarde a la terraza del fumadero, adornada con banderas y guirnaldas. El capitán, asistido por los «señores de la comisión», dirigía los juegos. Maltrana, agregado a ella como representante de su amigo, había acabado por usurpar el primer puesto, gritando y moviéndose más que todos los otros juntos. Él alineaba a los niños, y seguido de un marinero con una cesta, iba repartiendo entre ellos manzanas cocidas. ¡Atención! El que se la comiese antes, ganaba el premio. ¡Una... dos... tres! Y la gente reía de las grotescas contorsiones de los pequeños, abriendo las mandíbulas todo lo posible para tragar mayor cantidad de pulpa azucarada, moviendo las orejas apresuradamente con la velocidad de su masticación. Un estallido de aplausos saludaba al triunfador, mientras algunas madres corrían hacia sus hijos, inclinados en arco, para palmearles la nuca, ayudando de este modo el deglutido de la materia atragantada.
Luego, niños y niñas, cuchara en mano, corrían de un extremo a otro de la terraza para recoger sin rotura unos huevos depositados en el suelo. El ganador era el que regresaba más pronto al punto de partida. Después corrieron para recoger patatas esparcidas en la cubierta, y el que llenaba su tanque con mayor rapidez vencía a los otros.
Retiráronse los pequeños para dejar sitio a los grandes. Una fila de damas ocupó un banco, esperando cada una con una caja de fósforos en la mano. Venía corriendo hacia ellas otra fila de hombres con cigarrillos en la boca y las manos atrás. Crujían los fósforos al inflamarse, y una salva de aplausos acompañaba al primero que conseguía volver a su asiento con el cigarrillo encendido. Luego, las señoras sostenían en la mano una aguja, y los jugadores corrían para arrodillarse a sus pies, procurando con angustiosos titubeos enhebrar el hilo que llevaban en su diestra.