Comenzó a murmurar el público contra la monotonía de estos juegos.
—¡El chancho!—gritaron muchos—. ¡Que pinten el ojo al chancho!
Maltrana, como si resumiese en su persona a toda la comisión, se inclinó con el aire bondadoso de un buen príncipe. ¡Ya que el honorable Senado lo reclamaba con tanta insistencia!...
Pidió una tiza el primer oficial, y con la rapidez de una larga costumbre, dibujó en el suelo el contorno de un cerdo panzudo. Las señoras debían avanzar con los ojos vendados, trazando a tientas el ojo que faltaba en la cabeza del animal.
El «digno representante de la comisión», título que se daba a sí mismo Maltrana, se apresuró a encargarse de vendar los ojos de las jugadoras y dirigir sus pasos, disputando este honor a ciertos intrusos que intentaban despojarle del cargo, adivinando sus ventajas. Con una servilleta enrollada cubría los ojos de las señoras, indicábalas el número de pasos que las separaba del dibujo, y cogiéndolas luego de un brazo les hacía dar vueltas para desorientarlas. Avanzaban titubeantes las jugadoras, y al agacharse, trazando una cruz en el suelo, que equivalía al ojo, un estrépito de carcajadas y aplausos irónicos acogía su obra. El tal ojo quedaba a larga distancia de su sitio natural, o, cuando más, caía grotescamente en el vientre o el rabo.
Isidro seguía imperturbable, manoseando hermosos brazos con aire paternal, guiando los bustos perfumados con protectora suavidad. Al sorprender la mirada de Fernando fija en él maliciosamente, le contestó con un leve guiño. «Sí; el cargo no era malo... Puramente platónico, pero algo es algo.»
Permaneció Ojeda toda la tarde cerca de Mina, contemplando estos juegos que parecían volverlos a todos a las alegrías de los primeros años. Ella le miraba con el rabillo de un ojo, agradeciendo su permanencia como una prueba de amor.
Mrs. Power, al aparecer por breve rato en esta parte del buque, no tardó en adivinar la oculta relación entre los dos, a pesar de su afectada indiferencia. Este descubrimiento pareció devolverle la tranquilidad. Ya no la molestaría su antiguo amigo. Y hasta se atrevió a sonreírle irónicamente, cual si le felicitase por su nueva conquista. Luego desapareció, siguiendo a los Lowe y a Munster, que la invitaban a continuar el bridge.
A la caída de la tarde se encontraron Ojeda y Mina en la última toldilla, sobre la cubierta de los botes. Ella quería ver a su lado la puesta del sol. Desde la línea equinoccial a las costas del Brasil, eran los atardeceres más hermosos de todo el viaje.
El cielo límpido tenía el color violeta del crepúsculo. A ras del agua aparecían esparcidas algunas nubes blancas de caprichosos perfiles. El sol se había hundido tras de ellas, coloreando el horizonte de un rojo cegador que poco a poco iba palideciendo. Sobre este fondo de oro se recortaban las nubes tomando el contorno de formas humanas.