«Esta muchacha es loca—pensó Ojeda, asombrado por la rapidez con que se sucedían en ella las impresiones y la franqueza con que exponía su amoralidad—. ¡Una loca adorable!»
Como si repentinamente se arrepintiese de su cinismo, tomó Nélida una expresión melancólica. No pensaba hablar más con aquellos jóvenes que la asediaban a todas horas. Estaba aburrida de sus peleas y rivalidades; no le inspiraban interés. Faltaba algo en su vida, sin que ella se diese cuenta de lo que pudiera ser. Tal vez por eso había cometido tantas ligerezas y travesuras en el buque. Pero aquella misma noche había adivinado de pronto cuál era su deseo, qué es lo que le faltaba para sentirse dichosa. Y al decir esto, envolvió a Fernando en una mirada hambrienta.
«¡Qué loca!», siguió pensando él, mientras experimentaba la satisfacción del orgullo.
Dudaba un poco de la sinceridad de sus palabras y gestos. Tal vez este acercamiento no era más que un capricho de su carácter tornadizo. Pero aun así, sentía halagada su vanidad, y no dudó un instante en aprovecharse de la aproximación.
Nélida continuó explicando el pasado. Desde que vio a Fernando por primera vez, frente a Tenerife, no había podido olvidarle... Esperaba que se aproximase, pero él se mantenía siempre aparte, y la rutina social no permite que la mujer inicie ciertas cosas. Luego había sufrido mucho viéndole con ciertas mujeres—y la atrevida muchacha tomaba un aire pudibundo al recordar los amoríos de él en el buque—. Odiaba a la señora norteamericana, tan estirada y orgullosa, que nunca había contestado a sus saludos; odiaba también a aquella fea mal trajeada que iba con él en los últimos días. Esta amistad era indudablemente por reírse, ¿verdad?... ¡Un hombre como él exhibiéndose al lado de una pobre madre de familia!... Y al experimentar tales contrariedades había visto Nélida con claridad que era Fernando lo que ella deseaba.
Muchas veces había preguntado por él a su amigo Isidro, queriendo conocer detalles de su existencia anterior. Maltrana podía decirle el interés que le inspiraban todas sus cosas; cómo ella, que no ponía atención en la vida de los demás—pues bastante tenía con los asuntos propios—, había sido la primera en enterarse de su intriga con Mrs. Power, y cómo había protestado después al verle exhibiéndose junto a aquella verdosa mal pergeñada.
En este momento pasó Isidro junto a ellos por cuarta o quinta vez, mirando, tosiendo, haciendo esfuerzos para que Ojeda reparase en él y le diese motivo de intervenir en la conversación. Nélida le llamó.
—Acérquese, Maltrana. ¿Cómo le va?... Diga si no es cierto que yo le he preguntado muchas veces por este señor... diga si no me he quejado porque su amigo me miraba con cierta antipatía y parecía huir de mí.
Isidro se inclinó con una gravedad cómica. Exacto. Él lo afirmaba con toda clase de juramentos. Y al decir esto, sus ojos iban hacia Fernando, gozándose en su asombro por esta aventura inesperada. ¡Ah, varón digno de envidia!...
—¡Nélida!... ¡Nélida!