Era un llamamiento imperioso de su madre, asomada a la puerta del fumadero. Como de costumbre, dejó que se repitiera muchas veces sin prestar atención; hasta que al fin abandonó, refunfuñando, su asiento.

—¡Señora odiosa!... De seguro que no es nada que valga la pena... Alguna intriga de ésos para molestarme porque estoy con usted.

«Ésos» eran los adoradores, que vagaban desorientados por la cubierta desde que Nélida había huido de su compañía. Les había visto pasar repetidas veces ante ella, hablando en alta voz para atraer su atención, fingiendo luego que contemplaban el mar mientras aguzaban el oído queriendo sorprender algunas palabras de su diálogo... Iba a decirles a estos importunos lo que merecían por sus tenaces persecuciones y por mezclar a mamá en sus asuntos. ¡Qué atrevimientos se permitían sin derecho alguno!...

Cuando empezaba a alejarse con aire belicoso, se detuvo, volviendo sobre sus pasos.

—Espéreme aquí, Ojeda... No se vaya; ahora mismo vuelvo... Piense que me dará un disgusto si no le encuentro. Ya lo sabe... ¡quietecito!

Y le amenazó sonriente, moviendo el índice de su diestra. Al quedar solos Fernando y Maltrana, éste rompió a reír.

—Muy bien, ilustre amigo. Flojo escándalo han dado ustedes esta noche. No se habla en el buque de otra cosa.

El aludido hizo un gesto de extrañeza y asombro. Escándalo, ¿por qué?... Una simple conversación, como tantas otras que se desarrollaban en la cubierta a la hora del concierto.

—Es que la niña tiene su fama muy bien ganada. Y usted también empieza a gozar la suya, en vista de ciertos hechos recientes. Por eso al verles juntos de pronto, cuando hasta ahora no habían cruzado dos palabras, todos suponen un sinnúmero de cosas.

Y Maltrana imitó los gestos de escándalo de las señoras: «Un hombre tan serio y distinguido... siempre con sus libros o escribiendo... y de pronto se lanzaba a "flirtear" sin recato alguno... ¡Hasta con Nélida, que casi podía ser hija suya!... Fíese usted de los hombres. ¡Todos iguales!».