Ojeda se excusó. Él no había hecho nada para aproximarse a esta muchacha. Era ella la que lo había buscado de pronto, sin motivo visible.
—Así es—dijo Isidro—. Hace tiempo le predije lo que iba a ocurrir. Ya que usted no iba a ella, ella vendría a usted... Y ha venido: estaba yo seguro de ello.
Fernando hizo un gesto interrogante: «¿Y por qué?...».
—Vaya usted a saber... Ante todo, esa muchacha es medio loca: ya se habrá usted dado cuenta. Luego, la contrariedad de no verse buscada, su orgullo sublevado al notar que no conseguía su atención. A usted lo consideran buen mozo las matronas más austeras, y lo que es mejor aún, figura como el más «distinguido» entre los hombres serios de a bordo. Tiene también su poquito de leyenda misteriosa. Le suponen grandes amores en el viejo mundo, relaciones con duquesas, princesas o ¡qué se yo más!... En fin, con damas que llevan coronas bordadas hasta en las ropas más interiores, lo mismo que las heroínas de ciertas novelas. ¡Figúrese qué bocado magnífico y tentador para nuestra hermosa tigresa!
Fernando rio de este prestigio novelesco que le suponía su amigo.
—Además, usted ha empezado a distinguirse en los últimos días como un rival de Nélida en punto a escandalizar a las buenas gentes. Sus «flirteos» casi han llamado tanto la atención como los de esa muchacha. Ella y usted son los dos primeros amorosos de a bordo. Y Nélida no puede sufrir rivalidad alguna... ¡Un hombre que se distingue por sus amoríos y no se digna fijar los ojos en ella, que se considera la mujer más hermosa del buque!... No ha necesitado más para correr hacia usted.
Isidro había seguido de cerca la rápida transformación de Nélida. Hacía dos días que le hablaba a cada momento de su amigo con gran interés, preguntándole por su vida anterior. Aquella noche, después de la comida, se había peleado con los jóvenes de su banda en el jardín de invierno, sin saber por qué. Luego, en las cercanías del fumadero, nueva discusión, terminada con una ruptura insultante.
Los admiradores se habían alejado de ella, puestos de acuerdo con maligna solidaridad. Estaban seguros de que al verse sola, en el aislamiento en que la habían dejado las mujeres por sus travesuras anteriores, volvería a buscarlos forzosamente, por tedio y ansia de diversión. Pero Nélida había aprovechado este abandono para ir al encuentro de Ojeda, y ahora los adoradores, chasqueados por el fracaso, no sabían qué inventar para atraérsela.
—Ellos, sin duda, han sugerido a la madre su reciente llamada. Le habrán hablado del escándalo que da Nélida al exhibirse al lado de usted, y la mulatona, que desea reducir a su hija, sin saber cómo, les ha hecho caso.
Mostrábase optimista Maltrana, felicitando a su amigo por su buena suerte. ¡Cosa hecha! Aquella loca podía considerarla como suya. La familia no debía inspirarle inquietud; lo peligroso era la banda, todos aquellos jóvenes habituados al trato de Nélida, unos como amigos, en espera de algo mejor, otros en continua rivalidad, pero satisfechos de la parte de posesión que consideraban ahora en peligro.