—Hasta luego, señor. Los amigos me reclaman. Tiempo nos queda para hablar de estas cosas.

Y sonrió por última vez a Ojeda, como si contemplase en él un socio futuro de las grandes empresas ofrecidas generosamente.

Al verse libres los dos amantes de su verbosidad serena e inagotable, huyeron del banco, continuando el paseo. Hablaban de subir a la cubierta de los botes, cuando una voz los detuvo sonando a sus espaldas. «Nélida... Nélida...» Ahora era la madre la que salía a su encuentro para hacerla varias recomendaciones sin importancia. Fernando adivinó un pretexto para aproximarse a él. «¡Buen día, señor!» Sus ojos brillantes y húmedos de llama andino acompañaron el saludo con una mirada de atracción. Y sin saber cómo, se vio Ojeda otra vez formando parte de la familia Kasper bajo las miradas protectoras de la mestiza.

Se apoyaron en una barandilla frente al mar. Nélida mostrábase inquieta y displiciente, como si para ella fuese un tormento permanecer al lado de su madre. Por detrás de la cabeza de ésta hacía señas a Fernando; le hablaba con el movimiento silencioso de sus labios. «Vámonos: déjala.» Pero él no podía obedecer, retenido por las palabras amables y las miradas de la señora, que se enfrascaba en un elogio de las cualidades de su hija.

—Es un poco loquilla y no hace caso del «qué dirán» de las gentes. Pero aparte de esto, muy hacendosa, ¿sabe, señor?... Y el día de mañana, cuando se case y siente la cabeza, será una excelente madre de familia. Crea que el marido que se la lleve no se arrepentirá.

Y miró a Fernando con ojos interrogantes, cual si le ofreciese esta dicha perpetua esperando ver en su rostro una sonrisa de agradecimiento.

Nélida, a espaldas de ella, continuaba su mímica. Estos elogios a sus facultades de dueña de casa y el deseo de verla madre de familia la hacían encogerse de hombros y contraer el rostro con gestos de repugnancia. «Vámonos—siguió diciendo mudamente—. No la oigas más.»

La madre los dejó en libertad, adivinando de pronto lo inoportuno de su presencia.

—Sigan ustedes su paseo. Las viejas estorbamos siempre a los jóvenes.

Dijo esto con un aire de madre benévola y cariñosa, como si bendijese con los ojos la unión que veía en lontananza.