—¡Mi rey!... ¡Mi hombre!... ¡Lástima que estemos aquí! ¡Ay, qué beso te pierdes!

Encontráronse con el señor Kasper, que los acogió con toda la bondad de su rostro patriarcal. «Papá... papá.» Su hija le besaba las barbas venerables, insistiendo en esta caricia con un runruneo de gata amorosa. El padre miró a Fernando con ojos dulces y protectores, como si un presentimiento le hiciese adivinar la realidad y lo considerase ya de la familia. El señor Kasper, que hasta entonces sólo había cambiado con Ojeda algunas palabras de cortesía, le habló con familiar confianza, haciendo elogios de su niña. «¡Esta Nélida!... Algo traviesa. No quiere obedecer a mamá... Pero es un ángel, un verdadero ángel.» Y acariciaba sus cortos cabellos con una mano temblona de emoción.

Se habían sentado en un banco, colocándose ella entre los dos. ¡Qué felicidad!... Su padre a un lado, y al otro su hombre. Así deseaba quedar para siempre, mirándose en los ojos de Fernando, oyendo la voz del señor Kasper, una voz de predicador evangélico, que, a impulsos de la costumbre, pasó de los afectos de familia a hablar de negocios.

Daba consejos a Ojeda, demostrando gran interés por su porvenir. Bastaba que fuese amigo de la niña para que él considerase sus asuntos como propios. Debía proceder con mucha cautela en el Nuevo Mundo. Los negocios buenos eran abundantes, pero también las gentes sin conciencia que estaban a la espera de los recién llegados para abusar de su ignorancia. Él sabía que Fernando llevaba capitales para emprender allá algo importante. Maltrana le había hablado de esto. Y por afecto nada más, le ofrecía la ayuda de sus conocimientos para cuando llegasen a Buenos Aires... Porque él esperaba que su amistad no se limitaría a un simple conocimiento de viaje: tenía la esperanza de que en tierra aún serían más amigos.

—¡Quién sabe, señor, si llegaremos a hacer algo juntos! Yo tengo allá...

Y comenzó la exposición de una de las muchas empresas que, según él, le habían arrancado de su tranquilo retiro de Europa, no porque necesitase trabajar, sino porque era lastimoso permitir que se perdiesen negocios tan estupendos.

Nélida, casi de espaldas a su padre, no dejaba que Fernando le oyese con atención. Fijos sus ojos en los de él, buscaba al mismo tiempo una de sus manos, y llevándola detrás de su talle, la oprimía con invisibles apretones. A ella no le interesaban los negocios; podía hablar papá con su voz reposada y musical todo lo que quisiera: no le oía; a ella sólo le interesaba lo suyo. Y movió los labios sin emitir la voz, indicando con marcadas contracciones el mudo silabeo. Ojeda la entendió.

—¡Dueño mío!... ¡Mi dios!... ¡Te amo!

La mano oculta apoyaba estas palabras con fuertes estrujamientos.

Un amigo de Kasper vino a sacarle de la infructuosa predicación, libertando a sus distraídos oyentes. Le esperaban en el fumadero para empezar la partida matinal de poker.