—¡Ay! Si tú me amases de verdad...—continuó ella, implorándole con sus ojos—. Tú que eres capaz de echarte al mar por mí, podías hacerme feliz con mucho menos... Di, mi viejo, ¿quieres hacer algo que yo te pida?...
Fernando, acosado por sus ruegos, prometió obedecerla. ¿Qué deseaba?... Una cosa insignificante, que expuso ella con sencillez. No quería ir a América: marchaba hacia Buenos Aires como un animal que va al degolladero. Aún estaban a tiempo los dos para ser dichosos. Bajarían en Río Janeiro, se esconderían, dejando que partiese el vapor, y tomarían pasaje en otro buque de los que volvían a Europa... ¡Ah, el hermoso Berlín! En ninguna ciudad de la tierra se vivía con más felicidad.
Casi saltó Fernando de su asiento a impulsos de la sorpresa. ¿Volver a Europa, cuando aún no había llegado al término de su viaje? Sólo podía admitir esta proposición como una broma. ¿Y sus negocios?... ¿Qué iba a hacer él en Berlín?...
Nélida se sintió ofendida por la extrañeza que mostraba su amante.
—No me quieres, bien lo veo. Todos los hombres sois lo mismo. Muchas promesas, y luego retrocedéis ante el sacrificio más pequeño... ¡Egoístas!
Se quejaba como si acabase de descubrir una gran infidelidad, ella, a la que había visto Ojeda en trato amoroso con otros hombres y que dejaba a sus espaldas, en Europa, un pasado del que iba a pedirle cuentas «el gaucho» vengador. Sólo llevaban dos días de amores, y se extrañaba de verse desobedecida, como si los hombres no tuviesen otra obligación que seguirla en todos sus caprichos y su insolente juventud fuese el centro del mundo, en torno del cual debían girar personas y sucesos.
—Me mataré—dijo con energía—. Y si no me mato, me marcharé sola. Yo te juro que no llego a aquella tierra... ¡Qué horror!
Acordábase de los meses que había pasado en Argentina tres años antes. Era un país para mujeres como su madre. Buenos Aires aún podía tolerarse; pero ellos iban a vivir en una ciudad del interior, cerca de la estancia que dirigía su hermano.
—Por toda diversión una plaza en la que toca una música algunas noches. Las niñas se pasean por un lado, como manadas de pavos, y los hombres por otro; sin hablarse, dirigiéndose miradas, lo que allá llaman afilar, y sin atreverse a un saludo. Luego, el encierro en casa todo el día... la conversación con las amigas de mamá. No: ¡primero morir! Yo necesito ir a Berlín. ¡Si tu conocieses lo hermoso que es Berlín!...
Intentaba vencer la resistencia de Ojeda con los recuerdos de aquella capital, en la que había transcurrido lo mejor de su vida. Ella no conocía París. Su padre se había negado siempre a llevar su familia a esta ciudad. Se enfurecía el señor Kasper, como un profeta bíblico, al hablar de la moderna Babilonia, urbe corrompida, inventora de malas costumbres... ¡Ay, Berlín! Tal vez las parisienses fuesen más elegantes, más finas que las otras; pero en Berlín todo era grande. Los cafés y los teatros, más enormes que los de París. Los establecimientos nocturnos copiaban los títulos de Montmartre; pero si en una sala parisién danzaban cincuenta parejas, en la de Berlín bailaban doscientas; si en una parte se destapaban diez botellas, en la otra eran cien; y si en los bulevares había batallones de mujeres sueltas, en la metrópoli germánica podían formarse cuerpos de ejército con las hembras en disponibilidad.