Todo era abultado, inmenso, colosal, en aquella urbe disciplinada; hasta la alegría y la licencia, que habían sobrevenido como resultados del triunfo. Y la mestiza de alemán y de criolla hablaba con nostalgia de la vida nocturna de Berlín, de todo lo que había conocido y gozado en su absoluta libertad de «señorita educada a la moderna».
—Tú sólo has visto aquello como viajero; además, conoces poco el idioma. No sabes lo que es la vida allá. ¡Si la conocieras!... ¡Si accedieses a venir conmigo!
Y en la inconsciencia de su entusiasmo, sin darse cuenta de la penosa impresión que causaba en Ojeda, empezó a hablarle de sus aventuras. Tema una amiga, hija de alemán y de norteamericana, cuyos padres vivían en Berlín después de haber hecho fortuna en los Estados Unidos. Las dos se escapaban de sus casas por la noche para ir a los cafés más célebres en compañía de unos novios con los que nunca habían de casarse. Este acompañamiento no las impedía cenar con ricos señores de la industria y de la Banca que celebraban un buen negocio. Los dueños de los establecimientos las atraían y las halagaban a ellas y a otras de su clase. Eran señoritas, con un encanto superior al de las otras mujeres. Sabían mantener sus aventuras en un término prudente, con más bullicio y atrevimiento que las profesionales, pero sin permitir nunca el atentado irreparable. Mostrábanse expertas en la tentación que enardece al parroquiano y le hace volver. Y para asegurarse el auxilio de estas colaboradoras, los gerentes les daban primas sobre lo que hacían gastar a los señores, algunos centenares de marcos al mes, que eran una entrada supletoria para vestidos y sombreros, compensando de este modo el regateo económico de sus familias.
—Un gran país—continuó Nélida—. Allí únicamente se vive. ¿Y tú no quieres llevarme? ¡Tan dichosos que seríamos los dos!... Di, ¿por qué no quieres?
Fernando quedó indeciso. No sabía qué contestar a esta loca, de una amoralidad desconcertante. Era inútil exponer razones de honor, hablar de su dignidad, que no podía adaptarse a este género de existencia. Jamás llegaría a entenderle.
Para salir del paso aludió a las dificultades materiales que se oponían a su plan. ¿Qué iba a hacer él en Berlín? ¿De qué podían vivir? Para estas aventuras se necesita dinero, y él no lo tenía.
Nélida abrió los ojos con asombro. No podía comprender un hombre sin dinero. Todos los que ella había conocido hasta entonces lo tenían en abundancia, o al menos jamás se preocupaban visiblemente de su carestía. ¡Un hombre sin dinero!... Le parecía inaudita esta revelación, y miró a Ojeda como si acabase de descubrir en él nuevos encantos y perfecciones.
Ella tenía dinero para los dos. Ignoraba cuánto: tal vez mil quinientos marcos. Y repitió varias veces la cifra, dándola gran importancia por ser dinero suyo: ahorros de la vida en Berlín... Además de esto, tenía sus pequeñas alhajas, regalos de amistad, que llevaría con ella. No necesitaban de grandes cantidades para llegar a Berlín, y una vez allá, todo les sería fácil. Contaba con amigos, muchos amigos; una mujer sale fácilmente de apuros. Ojeda sólo tendría que ocuparse de los gastos de su persona, y si era necesario, ella ayudaría también a su viejito... a su negro.
—¡Nélida!—protestó Fernando.
Pero no quiso decir más. ¿Para qué?... Ni él aceptaba aquel viaje, ni ella, con la movilidad de sus fugaces impresiones, se acordaría tal vez de esto a la mañana siguiente.