Dijo esto con tono de misterio, y se llevó a su amigo hacia el extremo de proa.

—¿Por casualidad trae usted una caja de pistolas de desafío?...

A pesar de que Ojeda, en vista del aspecto de su compañero, estaba preparado para las peticiones más absurdas, no pudo reprimir su sorpresa... ¿Pistolas de desafío?... ¿Es que «por casualidad» viajaban las gentes con una caja de ellas en el equipaje?... Maltrana se excusó. Recordaba que su compañero había tenido varios lances, y esto le hacía suponer que bien podría llevar con él esta clase de armas.

—Siento que usted no las tenga, Fernando, y no sé cómo salir del paso. Hay un duelo pendiente a bordo, y los adversarios, así como los otros testigos, me han hecho el honor de confiarse a mi pericia, encargándome la preparación del combate. Una misión difícil.

El desafío iba a realizarse a la mañana siguiente en tierra, con el mayor secreto, durante las pocas horas que el buque permanecería anclado, y él tenía que establecer las condiciones, para lo cual le era necesario, ante todo, encontrar las armas.

No faltaban éstas en el buque. Todos los pasajeros tenían la suya, y hasta algunas señoras ocultaban en sus camarotes el arma de fuego niquelada, brillante y graciosa como un juguete. Había revólveres de todos los calibres, pistoletes automáticos de diversos mecanismos. Un argentino hasta le había ofrecido para el caso dos carabinas de repetición, con balas blindadas, que llevaba para su estancia. Pero todas eran armas vulgares, prosaicas, de última hora; armas sin tradición, que no podían servir por falta de títulos para que dos caballeros se matasen. Él necesitaba espadas o pistolas antiguas que se cargasen por la boca, como ordena el ceremonial del honor, armas poéticas consagradas por el teatro y la novela; y toda aquella gente sólo podía ofrecerle ferretería moderna, falta de nobleza, que funcionaba como un reloj y distribuía la muerte con mecánica exactitud. No había podido encontrar a bordo ni siquiera dos sables, arma híbrida, arma mestiza, que era como una transición entre las unas y las otras.

Ojeda interrumpió estas lamentaciones. Quería saber el motivo del duelo y quiénes eran los combatientes.

Se expresó Maltrana con triste dignidad. Había sido al final de la fiesta en su honor, cuando más contentos y fraternales se mostraban los amigos. Muchos se habían retirado a sus camarotes. Eran las tres de la madrugada. Al cerrarse el fumadero habían subido a la cubierta de los botes para terminar el jolgorio en el camarote del belga, que iba a separarse al día siguiente de la honorable sociedad. Llevaban a prevención algunas botellas, y al quedar vacías éstas, probaron a beber cierto alcohol de tocador, agua de Colonia o algo semejante, riendo de las muecas y náuseas que el líquido perfumado provocaba en algunos.

—Cuando más contentos estábamos, surgió la pelea entre el belga y ese alemán pariente de Nélida, los dos amigos más íntimos, siempre juntos desde que entraron en el buque. Yo creo que en el fondo se odiaban sin saberlo. Inútil decir a usted quién es el verdadero culpable... ¿Quién ha de ser?... Nélida. Y lo más gracioso del caso es que ninguno de los dos la nombró, pero ambos la tenían en el pensamiento. Estaban furiosos desde hace días, desde que la muchacha se fijó en usted. Fue una suerte que no anduviese usted anoche por el buque. Hubiésemos tenido un disgusto.

Los dos rivales se hacían responsables del apartamiento de la joven. Cada uno de ellos se imaginaba que de haber quedado solo al lado de ella habría podido retenerla. Pero se habían estorbado con su mutua presencia, acabando por cansar a Nélida en fuerza de rivalidades y celos. Y este odio silencioso que los dos llevaban en su pensamiento había estallado en la madrugada con la rapidez y la incoherencia de las querellas de borrachos. Unas cuantas palabras ofensivas, a las que no prestó atención el resto de la banda, y de pronto, botellas por el aire, bofetadas, lucha cuerpo a cuerpo.