—Algo muy triste, amigo Ojeda. Por voluntad del alemán, allí mismo hubiese terminado el incidente. Él tiene un ojo hinchado y el otro lleva en un carrillo algo que parece un tumor. Los dos iguales. No se necesitaba más para volver a ser amigos... Pero el belga entiende las cosas de otro modo. Saca a colación su baronía, y además creo que ha sido subteniente de no sé qué guardia nacional o reserva de su país. En fin, que ha arrastrado sable y tiene empeño en batirse con su amigote, para después estrecharle la mano con toda tranquilidad. Y los dos se han confiado a mí en esto del duelo.

Maltrana se excusó modestamente.

—No extrañe usted esta predilección. Se han enterado de que yo tuve en nuestra tierra algunos desafíos (porque con ellos me iba el pan), y me miran con tanto respeto como si fuese de la Tabla Redonda... Además, ha influido igualmente mi triunfo oratorio de anoche, el nuevo prestigio que me rodea. Uno que habla bien es sabido que sirve para todo... hasta para gobernar pueblos.

Y como Fernando no podía darle lo que necesitaba, se alejó en busca de las armas. Iba a hacer la misma pregunta a otros pasajeros de distinción, y si éstos no tenían «por casualidad» una caja de pistolas, arreglaría el encuentro a revólver, escogiendo dos completamente iguales entre los muchos que le habían ofrecido.

Al pasear Ojeda por la cubierta vio a los adversarios, uno en la terraza del fumadero y otro en el balconaje de proa, ostentando ambos en la cara, sin recato alguno, las huellas del choque nocturno. La banda se había dividido según sus opiniones y afectos, quedando un grupo en torno del alemán y otro junto al barón. Los dos se mantenían en actitud arrogante, como actores que vigilan sus movimientos sabiendo que todas las miradas están fijas en ellos.

De Nélida no se acordaba nadie. Este choque, que podía tener consecuencias trágicas, había quitado todo interés a la inquieta muchacha y sus insolentes veleidades. Ojeda la vio venir hacia él pasando ante el grupo que formaban el barón y sus amigos en la terraza del fumadero. Todos la consideraron con indiferencia, y ni siquiera volvieron los ojos para seguirla mientras se alejaba. La atención era para el héroe, que, con el carrillo hinchado, relataba por cuarta vez cierto desafío terrible en el que casi había matado a su rival.

Al reunirse Nélida con Fernando le habló con apresuramiento. Iba buscándole desde una hora antes por todo el buque... ¡Lo que le ocurría a ella por culpa del hermano!...

—Cuando veas a papá, dile que estuviste acompañándome hasta las tres de la mañana en el comedor y que me encontraste a la una. Él te preguntará; pero aunque no te pregunte, dile eso de todos modos.

Había cometido una imprudencia la noche anterior al ir en busca de él, dejando olvidada la llave en la puerta de su camarote. El «zonzo», o sea el hermano, ansioso de venganza por los golpes de la tarde, había cerrado la puerta al notar su salida, guardándose la llave. Inútiles los ruegos de Nélida cuando, al volver en la madrugada, intentó ablandar a su hermano llamando a la puerta de su camarote. Se fingía dormido. Y ella había pasado el resto de la noche en una silla del comedor, a obscuras, invisible para los de la banda, que andaban divididos de un lado a otro con la agitación de la pelea reciente.

Los criados que estaban de guardia podían atestiguar que había pasado la noche en el comedor. Simple asunto de cambiar las horas, asegurando que estaba allí desde mucho antes. Todos los criados del buque sonreían al verla y estaban prontos a afirmar lo que ella les pidiese...