Una escena borrascosa de familia cuando el digno señor Kasper y su mujer se levantaron y abrió el hijo la puerta del vacío camarote. «Nélida ha pasado la noche fuera.» Pero Nélida sobrevino como una fiera, y hubo que arrancar al «zonzo» de entre sus manos. Aquel bandido se había aprovechado de una corta salida suya por exigencias higiénicas para cerrar la puerta, dejándola fuera del camarote, obligada a vagar por el buque, expuesta a peligros y murmuraciones... todo por el deseo de calumniarla.
Ella había pasado la noche sentada en el comedor; tenía testigos: los criados que estaban de guardia. Aún podía ofrecer un testimonio más importante: el doctor Ojeda, que la había encontrado a la una y media, cuando él se retiraba a su camarote, acompañándola hasta las tres. ¿Cuándo iba a terminar de martirizarla este malvado?...
La madre tomaba partido por el hijo, mirándola a ella con ojos iracundos. Era la vergüenza de la familia: los iba a matar a disgustos. «Papá... papá», imploraba Nélida. Y el señor Kasper reflexionaba como un rey justiciero, acariciándose las barbas. ¡Prudencia! Había que pesar bien las cosas para ser equitativo. La niña ofrecía pruebas, y el tonto únicamente sabía insistir en su acusación, sin añadir testimonio alguno. Y casi sentenció por adelantado, intentando dar un repelón al muchacho. «¡Raza maliciosa y vengativa! Nada bueno podía esperarse de su sangre.»
Nélida no tenía miedo al enojo de sus padres, pero necesitaba convencerlos de su inocencia para que le sirviesen de fiadores ante el hermano temible que la esperaba al término del viaje. ¿Y aún se resistía Fernando cuando ella le hablaba de huir, como si le propusiese algo disparatado? No, no iría a Buenos Aires: estaba resuelta a escaparse al día siguiente... Pero la inmediata realidad le hizo insistir en sus recomendaciones:
—Cuando papá te pregunte, ya sabes lo que debes decir... Y si no te pregunta, háblale tú. Hazlo, mi viejo; sé buenito. Allí lo tienes, cerca del fumadero, hablando con el señor Pérez. Él se alegra mucho de verte: dice que eres la mejor persona de a bordo.
Y le empujaba dulcemente, extremando los gestos y miradas de seducción. Ojeda, con su pasividad habitual ante el mandato de una mujer, siguió este impulso, dirigiéndose en busca del señor Kasper. ¡Qué de embustes y enredos con esta muchacha!... Afortunadamente, el día de la liberación estaba próximo; y una vez en tierra, no la vería más.
Sonrió el patriarca a Fernando, sin interrumpir por esto su conversación con Pérez. Hablaban de política, conviniendo los dos en un gran amor por los gobiernos fuertes y en la necesidad de fusilar a todos los enemigos de la autoridad. El señor Kasper odiaba las repúblicas, gobiernos de pelagatos con levita, de parlanchines hambrientos. Los pueblos debían ser regidos por hombres a caballo, con deslumbrantes uniformes. Y satisfecho de que a él le hubiese tocado esta suerte al nacer en Alemania, abrumaba con ironías y sarcasmos a la más célebre de las Repúblicas. Nunca había querido vivir en París. ¡Una nación gobernada por abogados y periodistas! ¡Un pueblo sin moralidad y casi sin familia! Todo el mundo sabía esto...
Ganoso de retener a Fernando, dejó que Pérez se marchase en busca del tercer aperitivo de la mañana, y al quedar solos, fue el patriarca el que inició la explicación deseada por Nélida.
Ya sabía él que el señor Ojeda había acompañado a la niña gran parte de la noche en el comedor. Le daba las gracias por su amabilidad. No podía haber encontrado mejor acompañante que él, un caballero distinguido y serio. Eran querellas entre muchachos; una genialidad de su hijo menor, que le proporcionaba muchos disgustos. La sangre de los abuelos criollos despertaba en sus venas... Su hijo mayor era más equilibrado; pero en cuanto a carácter, allá se iba con el otro. ¡Gente interesante y temible!... Nélida y él eran más tranquilos, más alemanes, de genio siempre igual.
Hacía elogios de la hija predilecta, olvidando por completo el incidente de la noche anterior, sin pedir nuevas aclaraciones, librando a Ojeda de la necesidad de mentir, diciéndolo él todo, como si estuviese mejor enterado que nadie por el solo testimonio de Nélida. Y acompañaba sus palabras con tales sonrisas, que Fernando acabó por sentirse desconcertado. «Este señor es tonto—pensaba—, tonto como su hijo menor.» Pero luego parecía dudar. «O tal vez es un fresco. El mayor sinvergüenza que he conocido.»