Fortalecido por tales propósitos, siguió escribiendo con más soltura e ingenuidad, como si fuese el mismo hombre de diez días antes y esta carta igual a la que había enviado desde Tenerife. Pero no era el mismo; veíase obligado a reconocerlo. Sus pecados le ligaban a aquel buque, y mientras no saliese de él, serían inútiles sus esfuerzos para volver al pasado.

Cada vez que huían sus ojos del papel, encontraban una sombra en la ventana. Era Nélida que se aproximaba con su sonrisa audaz, sin miedo a la curiosidad de las gentes. Tosía para indicar su impaciencia; movía los labios, adivinándose en ellos las mudas palabras de admirativa pasión: «¡Dueño mío... viejo... mi negro!».

Inútiles estos llamamientos. El continuaba su carta con la memoria ocupada por el recuerdo de Teri, pero esto no le impedía, por costumbre o por «honradez profesional», el contestar con sonrisas y movimientos de cabeza a las caricias silenciosas de Nélida.

Fatigada ésta de la inmovilidad de Ojeda, acabó por apartarse de la ventana, yendo hacia el avante del paseo, donde estaban Isidro y el doctor Zurita.

Miraban el horizonte como si esperasen ver tierra. ¡América! ¡Pronto verían América!... El doctor hablaba de esto con cierta emoción. Hacía días que el buque costeaba su amado continente, pero de muy lejos. Ahora se aproximaba a él, pero no se vería tierra hasta muy entrada la noche... Y a la mañana siguiente, la bahía de Río Janeiro.

Nélida, que se había aproximado a los dos hombres, saludándolos con un leve movimiento de cabeza, miraba al doctor. ¡Muy simpático el viejo! Para ella, todos los hombres eran simpáticos. Debía haber sido en su juventud un buen mozo. Su hijo mayor también lo era. Lástima grande que le gustasen tanto las coristas de la opereta y sólo supiera hablar de París, como si en el resto del mundo no existiesen mujeres.

Zurita saludó a la joven con un gesto de antiguo galán y no se ocupó más de ella. ¡Interesante la muchacha!... Pero él tenía su familia a bordo, sus niñas y cuñadas, y deseaba evitar a todas ellas relaciones de amistad que podían ser peligrosas.

Siguió hablando el doctor bajo la mirada vaga de Nélida, que no entendía gran cosa de la conversación de los dos hombres.

—Yo me imagino, che, lo que debieron sentir aquellos españoles al distinguir la primera isla... La alegría con que Rodrigo de Triana, el marinero de Colón, debió lanzar el grito de «¡Tierra!».

Maltrana intervino con cierto orgullo al poder lucir sus conocimientos delante de Nélida. Además, su triunfo oratorio había desarrollado en él un deseo vehemente de hacer sentir a todos la autoridad y el peso de sus palabras.