—Hay error en eso que dice usted, doctor, y que es lo que dice igualmente casi todo el mundo. Ni el que descubrió primero la tierra de América se llamó Rodrigo de Triana, ni fue marinero de Colón.

Con tal nombre no figuraba ningún tripulante en el primer viaje. Quien dio el grito del descubrimiento era un tal Rodríguez Bermejo, natural de Sevilla, y sin duda el Almirante, al hablar de él, convirtió el Rodríguez en Rodrigo, y añadió el Triana por haber vivido en dicho barrio. Entre la gente de mar era muy frecuente la desfiguración de nombres por apodos y por el lugar de nacimiento. Además, Juan Rodríguez Bermejo no fue marinero de la nao Santa María, que montaba el Almirante, sino de la carabela Pinta, mandada por Pinzón, que iba siempre a la cabeza de la escuadrilla por ser la más velera.

—Fue la Pinta la que avistó, a las dos de la mañana, la isla de Guanahaní, y Rodríguez Bermejo el que dio el grito de «¡Tierra!...». Pero Colón, al volver a España, dijo que era él mismo quien a las diez de la noche, o sea cuatro horas antes, había visto una luz «como una candelica subiendo y bajando», y que esta luz procedía de la isla. Hay que tener en cuenta que el Almirante estaba entonces a unas catorce leguas de la isla, y ésta es completamente baja, sin una colina. Imposible verla a una hora en que la Pinta, que iba navegando muy por delante, no había alcanzado todavía a distinguir tierra. La luz fue indudablemente la de la bitácora de la carabela de Pinzón, que avanzaba entre la nao del Almirante y la isla todavía lejana.

Calló un momento Isidro, gozándose en la curiosidad del doctor, que le escuchaba muy atento.

—El resultado de todo esto—continuó—fue una gran injusticia. Los reyes habían prometido un premio de diez mil maravedíes al primero que descubriese tierra, y Colón, que no perdonaba provecho, se atribuyó dicha suma, fundándose en lo de «la candelica». Pinzón, que podía atestiguar la verdad, acababa de morir; y el pobre Rodríguez Bermejo, al verse injustamente despojado por el grande hombre, sin que nadie atendiese sus quejas, sintió tal desesperación que se pasó al África y renegó de la fe cristiana, haciéndose moro. Éste fue el final del primero que con sus ojos vio la tierra americana.

El doctor Zurita estaba pensativo.

—De suerte, che—murmuró—, que la vida civilizada de nuestro hemisferio empieza por una injusticia, por un acto de favoritismo, por el abuso de un mandón.

Maltrana asintió: así era. Y el doctor sonrió maliciosamente, como si después de saber esto comprendiese mejor la historia del Nuevo Mundo.

XI

Al detenerse el trasatlántico, después de tantos días de marcha, una sensación de extrañeza pareció circular por todo él, desde la quilla a lo alto de los mástiles.