Se despedían los compañeros de viaje con generosos ofrecimientos, a pesar de que unos y otros tenían la certeza de no verse más. Cambiábanse tarjetas con profusión. Los caballeros brasileños besaban las manos de las damas, inclinándose por última vez con solemne cortesía. Ofrecían sus casas en remotos lugares del interior, y los que continuaban el viaje sonreían agradecidos, cual si pensasen hacerles una visita dentro de breve plazo.

Todos se habían vestido trajes de calle, lo mismo los que se quedaban en Río Janeiro que los que seguían la navegación. Estos últimos eran los más impacientes por bajar a tierra. Tenían las horas contadas para visitar la ciudad, y el retraso del buque en acercarse al muelle era acogido por algunas mujeres con pataleos de impaciencia, como si temiesen no desembarcar a tiempo y que la mágica urbe de belleza tropical se desvaneciese de pronto.

Así como el trasatlántico avanzaba tierra adentro, cada vez con mayor lentitud, hacíase sentir un calor húmedo, asfixiante. Ya no soplaba la brisa del Océano libre, aumentada por la velocidad de la marcha. El buque, casi inmóvil, caldeábase con la temperatura de aquel pedazo de mar encerrado entre montañas. Y todos pensaban en lo que sería este calor cuando bajasen a tierra. Los cuellos almidonados y brillantes empezaban a reblandecerse; las manos enguantadas sufrían el tormento del encierro. Muchos empezaban a arrepentirse de su afán de acicalamiento, que les había hecho sustituir los blancos trajes de a bordo con otros más elegantes pero calurosos.

Ojeda encontró a Nélida que venía en busca de él; pero una Nélida casi desconocida, con gran sombrero cargado de flores y un traje vistoso. Era la primera vez que la veía así. Le gustaba más la otra, la de la cabeza descubierta, la blusa blanca o el kimono suelto. Encontraba ahora en ella un aire torpe de burguesilla endomingada.

Pero la joven, sin adivinar estos pensamientos, aprovechó el desorden de la cubierta para repetir una vez más su seducción. Si Fernando quería, aún era tiempo. Guardaba ella en un bolso pendiente de la diestra su dinero, sus alhajillas, todo lo de algún valor que podía servir para la fuga. Él no tenía más que ordenar que echasen su equipaje a tierra: Nélida abandonaría gustosa el suyo. Les era fácil escabullirse en la confusión del desembarco.

Ojeda, en vez de contestar afirmativamente, parecía compadecerse de ella, con la misma conmiseración que si fuese una enferma. ¡Ah, cabeza loca!... Bastante la había hablado en la noche anterior para hacerla comprender lo absurdo de su proposición. Luego se había marchado cabizbaja, sin invitarle a que la siguiese a su camarote y sin mostrar deseos de ir al suyo, con visible mal humor, pero convencida en apariencia. Y ahora, después de una noche de reflexión, tornaba con las mismas proposiciones, como si en su pensamiento movedizo no pudiese abrir surco el consejo ajeno.

—Si tú no quieres—insistió ella con enfurruñamiento—, si te niegas a acompañarme, huiré sola. No te necesito: empiezo a conocerte. Un egoísta... como todos.

Exaltándose con sus propias palabras, le miró hostilmente y aproximó su rostro a él, como si le costase trabajo emitir la voz, enronquecida de pronto.

—No me quieres. No me has querido nunca. Te has burlado de mí... ¡Y yo que te creía distinto a los demás!... ¡Ah, si estuviésemos solos!... ¡Si estuviésemos solos!

Oprimió convulsivamente el puño de la sombrilla que le servía de apoyo, mientras un fulgor de acometividad pasaba por sus ojos. Resurgió en ella la educación de los primeros años. Era la niña de estancia, acostumbrada a presenciar las peleas de los peones y las crueles hazañas de su hermano.