Pero no tardó en arrepentirse de su cólera. Era demostrar tristeza y despecho por la negativa de aquel hombre. Prefirió reír, con una risa forzada, insolente, despectiva.
—Adiós. No me hables más; como si nunca nos hubiésemos conocido... La culpa la tengo yo, por haberte hecho caso.
El despecho la hizo olvidarse de quién había sido el primero en desear la aproximación. Ella sólo podía imaginarse a los hombres marchando suplicantes tras de sus pasos y diciendo la palabra inicial. Se apartó de Ojeda con gesto pensativo, buscando un insulto que conocía de muchos años antes, tal vez desde que aprendió a hablar, pero del cual no podía acordarse. De pronto, sonrió con pueril expresión de venganza. «¡Gallego!...» Y le volvió la espalda orgullosa de este saludo de despedida.
Fernando se encogió de hombros, satisfecho y molesto al mismo tiempo. Llegaba la deseada liquidación de su vida oceánica. Había bastado que el buque se aproximase a tierra, para que se rompiesen por sí solas todas las relaciones establecidas en el curso de la navegación. Nélida huía; la pobre Mina se ocultaba, como si experimentase mayor vergüenza que él; Maud apenas era un vago recuerdo...
Pasó la norteamericana varias veces junto a él, sin reparar en su persona, y hasta lo empujó en una de estas evoluciones. Iba trémula, de un costado a otro del buque, erguida dentro de un elegante vestido de viaje, flotando sobre su espalda un largo velo y agitando un pañuelito en la diestra. Sonreía a un bote automóvil que evolucionaba en torno al trasatlántico. En la popa de aquél estaba sentado un buen mozo con pantalones de franela blanca, sombrero de paja y una flor en la solapa de su americana azul. Ojeda lo reconoció, recordando la fotografía entrevista una vez: era míster Power.
Acababa de detenerse el buque, bajando su escala para recibir a los empleados del puerto encargados de revisar sus papeles. Aparecieron en las cubiertas varios marineros mulatos o blancos, pero todos por igual de obscura tez y extremadamente enjutos de carnes. Eran la escolta de los funcionarios del puerto. Saludaron éstos a la oficialidad del buque con grandes curvas de sus chapeos de paja, y entraron luego en el comedor, donde estaban extendidos los documentos entre botellas de cerveza hamburguesa.
Con estos brasileños subieron muchos de los que esperaban en los botes. Ojeda vio que Maud se abalanzaba hacia la escalera de los salones. Míster Power entró al mismo tiempo en la cubierta, con toda la lozanía de su atlética belleza, para recibir, conmovido y ruboroso, el abrazo violento de la señora, que casi se colgó de su cuello. Llovieron besos sobre su bigote recortado, besos ruidosos que a Fernando le pareció que iban dedicados a su persona con una intención maligna. Fingía no verle; estaba de espaldas a él, pero no por esto ignoraba su presencia.
«¡Esta mujer!...—exclamaba Ojeda mentalmente—. ¿Qué mal le he hecho yo? ¿Por qué ese deseo de hacerme rabiar, como si quisiera vengarse de algo?...»
Sorprendió una rápida mirada de ella, pero no pudo ver más. Mrs. Power tiraba de su marido. ¡Ah, su grandote, su grandote adorado! ¡Las cosas que tenía que contarle!... Y desaparecieron en apretado grupo, con dirección al camarote, como si a ella faltase el tiempo para dar sus noticias al hermoso hombretón que la seguía con ojos admirativos y sumisos.
Otra que se marchaba odiándole, pero sin quejas ni reclamaciones. ¡Adiós para siempre!... ¡Que fuese muy feliz!