La voz de Maltrana sonó detrás de él respondiendo a su pensamiento.
—No me negará usted que ha sido una escena tiernísima. ¡Que manera de dar besos tiene esa señora!... Y el simpático mister tranquilo y dichoso, sin ocurrírsele que en uno de estos buques, en mitad del Océano, pueden suceder muchas cosas.
Vio iniciarse un gesto de desagrado en la cara de su amigo por la imprudencia de tales palabras, y se apresuró a cambiar de conversación, fijándose en «el hombre lúgubre», que estaba a pocos pasos de ellos contemplando la ciudad.
—Mírelo... tan tranquilo, como quien no teme nada. Pero toda su calma debe ser pura comedia; por dentro quisiera yo verle. Debe temer que le echen el guante de un momento a otro. Aquel bote de la Aduana con marineros y soldados viene seguramente por él... Siento mucho no presenciar la escena; resultará interesante la apertura del camarote misterioso... Pero el deber es el deber, y apenas toquemos en el muelle me lanzo a tierra con los míos.
Se contemplaba de los pies a los hombros, satisfecho de su aspecto, enfundado en un traje de lanilla negra, que le hacía sudar, ocultas las manos en guantes obscuros y sosteniendo en una de ellas un saquito de viaje.
No era este equipo el más cómodo para bajar a la calurosa ciudad de Río Janeiro; pero el honor, así como impone sus exigencias, tiene igualmente sus uniformes, y el juez supremo de un encuentro estaba obligado a presentarse con el ceremonial propio de su grave investidura. En el saquito de mano llevaba las dos armas que había podido juntar para el combate, después de largas rebuscas y comparaciones entre los revólveres de los pasajeros.
Los otros padrinos, que se veían mezclados en un duelo por vez primera, no le ayudaban en nada, alegando su ignorancia. Isidro, a última hora, dudaba de su trabajo. Tal vez resultase el encuentro algo en desacuerdo con las reglas; pero el tiempo apremiaba, sólo podían disponer de unas horas, y él había hecho todo lo que creía oportuno. La busca de lugar para el combate era lo que más le preocupaba en esta tierra desconocida. Unos muchachos argentinos, recordando sus paseos por Río Janeiro al ir a Europa, se ofrecían a guiarle a cambio de presenciar el duelo.
Algunos pasajeros, reparando en Maltrana y su fúnebre aspecto, le pedían noticias. ¿Pero decididamente iban a llevar adelante aquella locura?... La proximidad de la tierra parecía devolver el buen sentido a las gentes. Otros, que habían admirado el día anterior estos preparativos de muerte, se reían ahora de ellos. La mayoría no se acordaba del suceso. Toda su atención se concentraba en el deseo de pisar cuanto antes aquella tierra maravillosa, para comprar flores, comer frutas frescas y tomar asiento en un café de la Avenida Central, viendo caras nuevas.
Uno de los testigos, comerciante alemán, sentíase influenciado de pronto por la opinión de los más, y apelaba al buen sentido de aquel señor que hablaba en público con tanto éxito. «Señor Maltrana: ¿no era absurdo que dos hombres de bien como ellos se prestasen a esta niñada peligrosa?... ¿No estaban a tiempo para que los adversarios escuchasen una buena palabra?...» A él le obedecería su compatriota, representante de una casa honorable, que no podía comprometer su prestigio y sus muestrarios en locuras impropias de la seriedad comercial. Que el orador, con su poderosa labia, se encargase de convencer al belicoso barón.
Debían bajar juntos, pero solamente para almorzar en un buen hotel, dándose explicaciones a los postres los dos rivales; y él, por amor a la buena amistad y la concordia, iría hasta el sacrificio, pagando el champán a toda la compañía... Pero el señor Maltrana cerraba los oídos a tales intentos de seducción. Además, el belga no cejaba en su guerrera tenacidad.