Los amigos del alemán, viéndolo sano y triunfador, se lo llevaban al fumadero con abrazos y palmadas en la espalda. Sonaron los taponazos del champán como prólogo de la descripción del combate. Algunos pasajeros volvían la espalda con indignación para no presenciar esta apología del homicidio. Mirando al muelle cada vez más lejano, con sus personas súbitamente empequeñecidas, fijáronse en un hombre que agitaba el sombrero y abría los brazos haciendo locos movimientos de despedida.
—¡Pero si está allí!... ¡Si es el belga, que nos dice adiós!...
La noticia hizo correr al pasaje en masa a un lado del vapor. Sí; era él: todos lo reconocían. Y a pesar de la distancia, gritaron los más, enviándole un saludo por encima del agua azul, entre el revoloteo de las gaviotas y las palmeras de una isla que parecía avanzar poco a poco enmascarando el muelle.
En el centro de la ciudad se había despedido el belga de la comitiva para quedarse en su hotel. Pero luego se arrepintió. Su deber era ir a decir adiós a los demás compañeros de viaje. ¡Quién sabe qué mentiras contarían aquellos buenos amigos al relatar el desafío! Había que hacer constar que estaba incólume como el otro...
Corrió al puerto, agitándose con desesperación al ver que se alejaba el buque sin que nadie reparase en su persona. Y cuando al fin llegó hasta sus oídos el bramido de saludo, se creyó recompensado de todos sus sinsabores y penalidades de hombre de honor. ¡Adiós, Goethe! ¡Adiós Nélida!... Tal vez la voz de ella se había unido a esta aclamación de despedida.
Se enfrió el entusiasmo de la gente al enterarse de que los dos adversarios estaban sanos y enteros. Los mismos que poco antes parecían indignados en nombre de la civilización y la dulzura de las costumbres, lamentando la muerte del belga, torcían ahora el gesto cual si fuesen víctimas de una broma de mal gusto. «¡Farsantes!... ¡Alarmar a personas respetables con un desafío de morondanga!...»
Sobre las ruinas de los dos adversarios, súbitamente caídos de la gloria, iba elevándose un nuevo héroe. Gómez y sus amigos, deseosos de hacer constar que ellos lo habían presenciado todo, hablaban de Maltrana, de sus palabras elocuentes, de la serenidad con que se había expuesto a la muerte, del balazo en un pie. El afán que siente todo cuentista de amplificar y abultar los sucesos, para tener en suspenso a sus oyentes, les hizo lanzarse de buena fe en las más absurdas exageraciones, ensalzando los méritos del director del combate. «¡Qué Maltrana tan corajudo!... ¡Qué tigre!»
Y mientras se formaba y consolidaba en las cubiertas rápidamente un prestigio de héroe para Isidro, éste, con toda calma, tomaba un baño y se vestía de blanco, luego de repeler aquel traje de lanilla que le había atormentado con su peso lo mismo que una armadura.
Al salir del camarote se tropezó con «el hombre fúnebre».
«¡Y yo que me lo imaginaba a estas horas en la cárcel!...—pensó—. No habiendo sido aquí, será en Buenos Aires. La policía de allá debe estar mejor informada.»