Acabaron de comer los dos silenciosamente. En vano pretendió Maltrana animar la conversación con sus palabras; su amigo se mostraba impasible. Él también estaba preocupado, mirando a cada instante hacia la mesa donde tomaba asiento el señor Kasper con su familia.

Había amainado el oleaje después de cerrar la noche. Unas ondulaciones largas e irregulares conmovían el buque de tarde en tarde, pero la proa las saltaba con facilidad.

En el comedor era menos numerosa la concurrencia. Muchos habían tomado su alimento sobre cubierta, temiendo marearse en el encierro de abajo. Luego de comer, la tranquilidad del mar serenó los ánimos y las digestiones, restableciéndose cierta alegría en el jardín de invierno. Unas pasajeras de Río tecleaban en el piano del salón y buscaban romanzas en los montones de partituras, ganosas de lucir sus habilidades ante las gentes que venían de Europa. Algunos jóvenes hablaban de improvisar un concierto, una fiesta íntima. El cielo se había aclarado; lucían las estrellas entre harapos de nubes en fuga; las rugosidades del Océano eran cada vez menos sensibles. Todos sentían un deseo de exteriorizar el regocijo de la calma.

Ojeda tomó su café solo. Isidro, que acababa de sentarse junto a él, huyó al ver asomar una cabeza sonriente en la ventana inmediata. ¡Lo mismo que él! La vida en este buque era semejante a las vueltas de una rueda.

Cuando salió a la cubierta, se detuvo en aquel lugar que en momentos de alegría había llamado «el rincón de los besos». A través de los vidrios del balconaje miró la proa, que oscilaba sobre el mar obscuro. Entre ella y el castillo central reflejábanse las luces eléctricas en el piso del combés, brillante aún por las rociadas de las olas. A aquella hora estaba desierto: la muchedumbre emigrante se aglomeraba en los sollados.

Vio Fernando en el rojo cuadro de una puerta del castillo de proa agitarse varias siluetas con furiosos manoteos; le pareció escuchar muy lejos voces dolorosas, un ruido de disputa. La curiosidad y el deseo de entretenerse con algo le impulsaron a descender hasta el combés. Volvió a oír allí los lamentos: unos ayes histéricos de mujer llorosa, alaridos de muchachos, semejantes al aullar de perrillos abandonados. La familia de Pachín gritaba frente a la puerta de la enfermería, defendida por un marinero impasible.

Fernando vio a la mujer con los ojos rojizos de lágrimas y el pelo en desorden; vio a los hijos que gritaban, pero con los ojos en seco, haciendo coro a su madre. No sabían nada, pero el instinto les había avisado de repente la proximidad de la desgracia; el mismo instinto simple y misterioso que hace aullar a las bestias domésticas, como si oliesen la presencia de la muerte.

Querían entrar en la enfermería para ver a Pachín y tranquilizarse. Acogían con incredulidad las palabras de un camarero español que, obedeciendo la consigna, les juraba por su salud que el enfermo estaba mejor. Chocaban sin éxito contra el marinerote rubio que obstruía la puerta con su rudeza de roca. El médico había prohibido la entrada y era inútil insistir.

Un nuevo personaje se mezcló en esta escena violenta. Era el señor Antonio el Morenito, apiadado de los lamentos de aquellas gentes y furioso de la dureza de los alemanes.

—¡Por vía e Dió! Esto es pior que la Inquisisión... Y esto quien lo arregla e un servior, aunque er buque se vaya a pique.