—Désele cristiana sepultura—dijo en alemán.

Los marineros que sostenían contra la borda el tablón lo levantaron como una palanca, y el féretro fue deslizándose, hasta que cayó bruscamente en el Océano. Fue un ruido semejante al de una de aquellas olas que sordamente venían a chocar con el navío.

¡Adiós, Pachín!... Ojeda creyó oír un lamento lejano, una voz imaginaria en este chapoteo de las aguas abiertas por el pesado ataúd y que volvieron a cerrarse sobre su remolino de proyectil: «¡Buenos Aires!... ¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?...».

El buque avanzó con más velocidad, recobrando su marcha normal. Maltrana había desaparecido. Ojeda y el cura volvieron a la cubierta de paseo.

Don José lamentaba la suerte de aquel hombre que no conocía y sobre cuyo cadáver invisible había hecho descender su bendición. ¡Infeliz! ¡Sepultado en el mar!...

Pero Fernando no participaba de sus lamentaciones. Todos que muriesen así. La vida es el deseo, la ilusión, la certeza de que el próximo mañana nos traerá la felicidad: un mañana que nunca llega. «¡Buenos Aires!... ¿Cuándo llegaremos a Buenos Aires?...» Y el infeliz había muerto sin llegar. Mejor era así: mejor que perecer en la tierra deseada poco tiempo después, sin otra visión que la cruda realidad.

Felices los que mueren abrazados a la quimera... Bienaventurados los que no ven cumplidos nunca sus deseos y viven en el engaño, alegría de nuestra existencia.

Y al subir por una escalerilla de hierro recibieron en la cara el soplo musical de las enrojecidas ventanas del salón. Una voz de mujer cantaba el amor, la única verdad y la mentira más grande de nuestra vida... ¡Pobre vida, que no puede marchar por sus propias fuerzas y necesita el apoyo de la ilusión!

XII

Dos días antes de llegar a Buenos Aires, el Goethe empezó a remozarse. Trabajaba la marinería de sol a sol bajo la mirada escrutadora de los oficiales. Era una agitación semejante a la de un navío de guerra en vísperas de combate.