La última cubierta se empequeñecía. Las balleneras pendientes sobre el mar eran retiradas al interior, descansando fijas en sus cuñas. Los paseantes veíanse obligados a moverse entre estas embarcaciones, que sólo dejaban accesibles estrechos pasadizos.
Una limpieza minuciosa y paciente retocaba el exterior de la nave desde la línea de flotación a los topes, dejándola como nueva. Por todas partes se encontraban marineros arremangados y despechugados, con un cubo de pintura en una mano y una brocha en la otra. Sosteníanse en peligroso equilibrio sobre mástiles y barandillas. Sentados en andamios y teniendo a sus pies el mar, pintaban los costados del buque balanceándose sobre el abismo.
Desaparecían rápidamente todos los ultrajes que las olas, el aire salino y los roces en las entradas de los puertos habían inferido al trasatlántico. La pintura se esparcía pródigamente, lo mismo que en el tocador de una coqueta vieja. El Goethe quería llegar hermoseado al término de su viaje, y un blanco de leche refrescaba los tabiques de las cubiertas y las cañerías interiores; un amarillo tierno de manteca abrillantaba los mástiles, la chimenea y los brazos de las grúas; un negro intenso ocultaba las desconchaduras del enorme casco, dando a éste un aspecto virginal, cual si acabase de deslizarse por la grada de un astillero.
Los empleados de la comisaría se mostraban más atareados aún que los oficiales de la navegación. Había subido en el último puerto el médico enviado de Buenos Aires para el examen de los emigrantes, y este funcionario, acompañado por aquéllos, iba inquiriendo la salud del rebaño humano acorralado en los extremos de la nave.
Funcionaba en la explanada de popa una estufa de desinfección, y pasaban por ella los trajes de los emigrantes que eran susceptibles aún de cierto uso a juicio de los empleados. Las piezas andrajosas, los gabanes de pieles de imposible despoblación, los calzados rotos, los arrojaban al mar, flotando en la estela del buque un rosario de míseros objetos.
Las personas eran sometidas a ruda limpieza. Desaparecían de golpe las hirsutas melenas y las barbas patriarcales. Cráneos redondos con la sombra azulada del pelo cortado al rape, mandíbulas salientes ostentando aún las erosiones de una afeitada rápida, mostrábanse en el mismo lugar ocupado antes por barbudos personajes de trágico aspecto. Desaparecían igualmente las altas botas oliendo a sebo, las camisas rojas ceñidas al talle por una cuerda, los gorros de piel, las sacerdotales hopalandas. Todos se mostraban unificados por el sombrero hongo y el terno de lanilla comprado previsoramente en un almacén de Europa.
Mujeres y chiquillos eran empujados casi a viva fuerza al baño obligatorio con rudos fregoteos de jabón. Los dos extremos de la nave soltaban por sus caños la mugre líquida del populacho. Al chorro de agua cargada de cenizas y polvo de carbón que arrojaban en el mar los purgadores de las calderas, uníanse dos arroyos de líquido jabonoso y negruzco expelidos por la proa y la popa.
Velaban con interés egoísta los de la comisaría por la salud y la limpieza del rebaño humano. Temían a las oficinas de inmigración de Buenos Aires, prontas a rechazar las gentes enfermas o de contagiosa suciedad, obligando al buque a repatriarlas gratuitamente.
En los «latinos» de proa verificábanse iguales transformaciones. Las comadres de Nápoles y de Castilla abrían sus arcas para extraer sayas y corpiños. La señá Eufrasia tronaba majestuosa con un pañolón de encendidas flores, admirado por todos, y que parecía agrandar su autoridad.
Los árabes, por el contrario, perdían su aspecto interesante. No más casquetes rojos ni pañuelos de colores a guisa de turbantes y fajas. El Emir se había despojado de su caftán de seda, e iba vestido como los demás, con un terno a cuadros y un sombrero tirolés. ¡Adiós poesía! El príncipe de ojos de brasa, que habían perturbado por unas horas a la sensible Nélida, era vendedor ambulante en Buenos Aires. Su comercio consistía en una larga batea llena de objetos baratos, que paseaba con un socio compatriota, alborotando juntos los suburbios de la ciudad con el pregón de su industria: «¡A veinte centavos! ¡Todo a veinte!».