Muchos, en el castillo central, podían haberse hecho la misma pregunta de no estar preocupados con los preparativos del desembarco. Maltrana, desde la salida de Río Janeiro, se dejaba ver muy poco, y más bien parecía huir de la popularidad que le había proporcionado su heroísmo. Esta fuga iba acompañada de un acicalamiento extraordinario de su persona. Se hermoseaba por instantes, a impulsos de un firme deseo de parecer mejor.
«La juventud no es más que una voluntad—pensaba Ojeda—. Cada hora que transcurre parece más joven. Bien se conoce que está enamorado. Nada rejuvenece a un hombre como el amor.»
El fugitivo Maltrana evitaba igualmente el encuentro con su amigo. El día antes sólo le había visto Fernando dos veces: a las horas de comer. Irritado a causa de este apartamiento, acabó por hablarle con hostilidad. Era un Maltrana distinto al de los días anteriores. Nélida le había influenciado, participaba de sus odios, y tal vez por esto huía de él como si fuese un enemigo.
Le felicitó Ojeda agresivamente por su buena fortuna, y Maltrana, con la ceguera del hombre amado, aceptó ingenuamente estos plácemes venenosos... Sí; estaba contento de la vida. Alguna vez le había de tocar a él.
—Bien sé que no soy gran cosa—dijo con falsa modestia; pero así y todo, alguien se ha fijado en mí. A veces tiene éxito la fealdad. Además, me encuentran una cabeza de carácter; voy afeitado, y esto gusta a algunas personas más que los bigotes.
Había desaparecido para los dos amigos todo afecto. Nélida estaba entre ellos fomentando un sentimiento irresistible de rivalidad.
Creyó Fernando que debía romper para siempre con su compañero. Fue un movimiento del que se arrepintió a los pocos instantes, cuando sus palabras ya no tenían remedio.
—Siga usted su buena suerte, Maltrana. Y como puede traerle perjuicios y disgustos el ser amigo mío, que cada cual eche por distinto lado... y como si no nos conociésemos.
Habían pasado sin hablarse la tarde y la noche del día anterior. Durante la comida buscó Isidro con sus ojos la mirada de Fernando, como un perro humilde que intenta volver a la gracia de su dueño. Pero un sentimiento de dignidad y el egoísmo de no perder sus buenas relaciones con Nélida le mantuvieron en silencio. El otro, por su parte, mostrábase fosco, huyendo su mirada de la de Isidro, pero compadeciéndole interiormente. ¡Pobre muchacho! La única culpable era aquella loca, que se había propuesto enemistarlos.
A la mañana siguiente, Maltrana no pudo resistir por más tiempo esta separación, y abordó a su amigo en la cubierta. Parecía desesperado. ¡Que unos hombres como ellos, que hacían el viaje lo mismo que hermanos, fuesen a pelearse al final!...