—No hay mujer que valga lo que una buena amistad... Es una simpleza reñir por esa loquilla, que no sabe ciertamente lo que quiere... Venga esa mano, Ojeda. Y si no quiere darme la mano, déme dos puntapiés: es lo mismo. Lo importante es que volvamos a ser lo que éramos antes.
Y se unió a él como al principio del viaje, permaneciendo a su lado más tiempo que junto a Nélida. Ésta rondaba cerca de ellos, y sólo a fuerza de guiños y manoteos conseguía arrastrar a Isidro por algunos instantes. En vano lo increpaba viéndole con el otro. Manteníase firme en su amistad, y dispuesto a seguir a Ojeda y dejar a Nélida si ésta insistía en sus odios.
Acodados en la borda, contemplaban los dos amigos el color del agua. Había cambiado de tono. Ya no tenía el azul grisáceo de los mares europeos, el azul dorado del trópico ni el azul profundo y luminoso de las costas brasileñas. Ahora su coloración era verde, un verde claro con reflejos amarillentos. Y así como el buque iba avanzando, sobreponíase el amarillo al verde, hasta que las aguas tomaban un color terroso semejante al de los ríos desbordados, como si el Océano recibiera la avalancha de una enorme inundación.
El doctor Zurita se unió a ellos. Era por la tarde, después del almuerzo.
—¿Miran ustedes el agua?—preguntó—. Esa agua ya es nuestra, tiene más de dulce que de salada; viene del corazón de América. Es el río de la Plata, que, al desembocar, se extiende leguas y leguas mar adentro.
Alegrábase el doctor contemplando el color de las aguas, como si con ellas viniese a su encuentro algo de la patria. Aún estaban muy lejos de la desembocadura del río, y sin embargo enviaba hasta allí su corriente, modificando el sabor y el color del Océano.
—Es enorme nuestro río, ¿no?... ¿Qué le parece, che?—preguntaba con orgullo patriótico, gozándose de la estupefacción de Maltrana.
Los dos amigos hablaron de la falsedad de su título. Gaboto lo había bautizado con el título de río de la Plata por varias planchuelas procedentes del alto Perú que le habían trocado las tribus, pero jamás en sus riberas se había encontrado una pepita de dicho metal. Era más justo su primer nombre de «Mar Dulce»: expresaba mejor su acuática inmensidad, sin orillas visibles.
Revivió en la memoria de los dos españoles la tragedia de su descubrimiento. Pocos años después de la muerte de Colón, ya navegaban por estas latitudes los navíos españoles buscando un estrecho para pasar al otro Océano, al llamado mar del Sur, descubierto por Balboa. Deseaban llegar a las espaldas de Castilla del Oro, que así se titulaba entonces la parte conocida de la América Central.
Díaz de Solís, piloto mayor de Castilla, que mandaba estas naves, al avistar la enorme embocadura metíase por ella, creyendo haber encontrado el ansiado estrecho, pero la dulzura de las aguas le hacía abandonar su ilusión. Aquel mar de agitado y continuo oleaje, sin costas visibles, era simplemente un río. ¡Prodigios que reservaban las misteriosas Indias occidentales a los nautas del viejo mundo!...