Así quedaba descubierto el «Mar Dulce de Solís», pero el descubridor pagaba su hazaña con la vida. Gran marino, pero mediocre hombre de pelea, acostumbrado al tranquilo manejo de las cartas de navegar, al examen de los pilotos en la «Casa de Contratación» de Sevilla, y sin experiencia en los ardides de la guerra indiana, había bajado a tierra creyendo en los signos de paz de los indígenas, y éstos lo habían asesinado a la vista de sus gentes en las orillas del mismo río que acababa de descubrir, asando luego su cuerpo para devorarlo en sagrado banquete. Y la pequeña expedición, que sólo iba a la descubierta, sin haber hecho preparativos de guerra, huía río abajo despavorida por esta tragedia.
El duro Oviedo, historiador y hombre de combate, apenas se apiadaba del infortunio de Solís al hacer su relato. Le parecían naturales estas catástrofes siempre que se enviasen hombres de mar al descubrimiento de las nuevas tierras. Los nautas eran únicamente para el manejo de las naos que condujesen a los verdaderos conquistadores. Y éstos debían ser hombres de coraza, hombres de a caballo, incapaces de confianzas y blanduras.
—¿Saben ustedes—preguntó Maltrana—qué recompensa pidió Solís al rey antes de embarcarse para hacer este descubrimiento?
Acordábase de lo que había leído años antes en los documentos del archivo de Simancas, cuando tomaba notas para una obra de encargo.
La monarquía andaba escasa de dinero en aquellos tiempos, y sus servidores, dando por inútiles las peticiones monetarias, solicitaban como premio concesiones y cargos. Solís, que era una autoridad científica de su época, el primer sabio oficial en las cosas del mar, explotaba su prestigio desde Sevilla, aprovechando todas las ocasiones favorables para formular una petición. Don Fernando el Católico, a su demanda, le concedía los bienes de un vecino que se había suicidado. En aquellos siglos, la fortuna del suicida pasaba a la corona. Luego, a la hora de embarcarse para su última expedición, el piloto mayor solicitaba un premio más extraordinario y raro como recompensa de sus futuros servicios.
—La noble ciudad de Segovia no tenía mancebía—continuó Maltrana—. A juzgar por un informe de Solís al rey, las mujeres de partido distribuían sus favores en unos corrales de ganado de las afueras, y él solicitó para sí y sus descendientes el privilegio de poder establecer una mancebía oficial dentro de los muros de la ciudad. Así se lo prometió el Rey Católico; pero el gran piloto acabó sus días en estas tierras, sin que pudiese montar su industria de Segovia.
Intervino Ojeda al ver el gesto escandalizado del doctor Zurita.
—Cada época tiene su moral y sus preocupaciones. Durante la Edad Media, lo mismo en España que en otros países, el monopolio de las mancebías fue una de las mejores rentas de muchas casas nobles. Esta merced sólo la daban los reyes en pago de grandes servicios. Famosos monasterios gozaban de tal concesión, para aplicar sus productos a las necesidades del culto. Algunas veces eran conventos de mujeres los que disfrutaban dicho privilegio, y sus aristocráticas abadesas recibían sin escrúpulo el dinero de las pecadoras de «cinturón dorado».
Zurita hizo gestos afirmativos. Algo de eso lo había leído él, y no le causaba escándalo el premio solicitado. Lo que llamaba su atención era que en todo el descubrimiento de América únicamente se le hubiese ocurrido solicitar tal merced al primer explorador del río en cuyas riberas había de nacer años adelante la ciudad de Buenos Aires. Se acordó de las innobles industrias establecidas con profusión en la gran urbe inmigratoria por extranjeros ávidos de ganancia; de la trata de mujeres, que extendía desde allí su reclutamiento a diversos países de Europa. La antigua «madre» de la mancebía clásica había sido sustituida por hombres de negocios que comerciaban en carne humana.
—¡Qué casualidad!—continuó Zurita—. Cualquiera diría que Solís adivinaba el porvenir...