Al llegar a lo último de este amplio pozo, junto a la quilla, donde estaban las máquinas y sus servidores, el calor era menos denso. Sentíase un latigazo de aire glacial al pasar junto a las bocas de los grandes ventiladores.

Era un panorama de troncos metálicos animados por inquieta nerviosidad; una vegetación de acero que movía sus ramas, subía, bajaba y se entrechocaba, haciendo penetrar los diversos tentáculos unos en otros. El brillante metal lanzaba al moverse un resplandor blanco y viscoso.

Todo este organismo inquieto y vibrador, que parecía fabricado de plata y de grasa, no dormía a ninguna hora. Había empezado su movimiento en el mar del Norte y lo continuaba a través de medio planeta, indiferente al cansancio, lo mismo de día que de noche, a la hora en que los hombres viven, a la hora en que los hombres sueñan, bajo el sol y bajo las estrellas, como si el tiempo y la distancia careciesen de realidad ante su vigor sobrehumano. Las breves inmovilidades en los puertos no significaban para él inercia y descanso. Sus miembros férreos quedaban en corto reposo, pero el fuego vivificante seguía ardiendo en sus entrañas. La sangre blanca del vapor continuaba circulando por el sistema arterial de sus válvulas y tuberías.

Precedidos por un hombre rubio y flemático con galones plateados en las bocamangas y la gorra, iban los tres visitantes por entre las máquinas enclavadas en el fondo de este espacio cuadrangular. Las paredes subían lisas, iguales, sin una ventana, sin el menor resquicio, unidas por las diversas galerías y la plataforma. Pero estos obstáculos únicos eran casi transparentes, con la sutilidad de los enrejados de metal, a través de los cuales pasa la mirada. En lo último, a catorce metros de altura, estaban alzadas las tapas de cristales sobre la cubierta de los botes, dejando ver dos fragmentos de cielo.

El doctor Zurita se enteró minuciosamente de las funciones de las diversas máquinas. Las dos más grandes, que ocupaban con sus majestuosas dimensiones la mayor parte del espacio, eran las generadoras del movimiento del buque, las propulsoras de las hélices. A un lado una máquina más pequeña, productora de la luz; a otro lado la del frío, para los depósitos de alimentos y las necesidades de la vida a bordo, organismo potente y triunfador que en aquella atmósfera cálida, cerca de los hornos inflamados, mantenía sus tuberías y cilindros bajo el forro lagrimeante de una gruesa costra de hielo.

Avanzaron sobre un piso de placas de metal. En unos lugares percibían sus pies la frescura de la humedad; en otros aplastaban como arena crujiente el polvo diamantino de la hulla. De pronto, percibían en sus cabezas un torbellino glacial, inesperado, que cosquilleaba las narices con la picazón del estornudo y parecía querer arrebatarles las gorras. Mirando a lo alto, se encontraban con la boca de un tubo enorme que subía y subía, pulido y circular como el interior de un telescopio, con gran parte de su redondez de intestino sumida en la obscuridad y un débil resplandor de tragaluz allá en lo alto, junto a la boca curva e invisible. Era un ventilador de los que alzaban sus trombones amarillos sobre las diversas cubiertas. Y estos tubos de ventilación, así como otros túneles verticales abiertos desde las máquinas a lo alto del navío, tenían en sus paredes estribos de acero que servían de peldaños; leves escaleras por las que podían trepar las gentes de las máquinas en momentos de peligro.

El guía de los galones plateados abrió una puerta de acero pequeña como una ventana y del espesor de un muro. Su cierre, instantáneo, hermético, absoluto, era semejante al de las piezas de artillería. Iba a enseñarles uno de los dos túneles por los que pasaban los árboles de las hélices. Entraron agachando la cabeza en una galería angosta de más de treinta metros de longitud, ocupada únicamente por una barra de acero que giraba y giraba tendida en sus ajustes, brillando como una espiral de mercurio. Un rosario de bombillas eléctricas alumbraba día y noche la continua rotación en el silencio y la soledad de esta alma metálica, señora absoluta del túnel submarino. El lado interior de la galería era vertical; el exterior abríase en ángulo hacia arriba, marcando el arranque del vientre de la nave. Una lluvia menuda y lubrificadora caía sobre el árbol para facilitar y enfriar el frotamiento de su incesante rotación.

Zurita quiso saber a qué profundidad estaban en aquel sitio. Hallábanse siete metros más abajo de la superficie del Océano.

—¡Lo que nadará en estos momentos sobre nuestras cabezas!—dijo Maltrana, ¡Los apreciables vecinos que tal vez colean al otro lado de esta pared!

Y daba con los nudillos en el muro de acero, sordo, durísimo, semejante a un bloque inmenso, tras el cual era difícil imaginarse la más leve oquedad.