El extremo del árbol, que en sus incesantes vueltas se perdía al final del túnel, les inspiraba no menos admiración. Ni un ruido, ni el más leve roce. Y sin embargo, la espiral de plata, atravesando la popa del buque, surgía en pleno Océano para levantar un torbellino espumoso con las revoluciones vertiginosas de sus uñas retorcidas. La idea de que estaban a siete metros bajo del agua, y que bastaría la más pequeña grieta en el túnel para morir instantáneamente, aislados por la puerta inconmovible, produjo cierta angustia en Maltrana.
—Esto ya está visto. ¿Si fuésemos a visitar algo más interesante?...
Su pasaje por las calderas fue breve; las hornallas en fila expelían un calor infernal. Asomáronse a un departamento negro, en el cual se agitaban varios hombres medio desnudos, con un gorrito blanco en la cabeza. Eran de pelo rubio, flacos, como si el excesivo calor hubiese derretido su grasa, pero con gruesos tendones y robustas coyunturas, que al menor esfuerzo se marcaban vigorosamente. Cuando abrían la portezuela de un horno para echar en él paletadas de carbón, su resplandor lo iluminaba todo con reflejos de incendio, y los hombres blancos de ojos azules aparecían grotescos y terribles bajo el hollín que tiznaba sus caras y sus miembros. Al cerrar la portezuela volvía el departamento a sumirse en una penumbra saturada de polvo de carbón. Los pies se movían como en una playa crujiente sobre la hulla desmenuzada. Un sabor de humo y de grasa descendía por las gargantas.
Volvieron a las máquinas, y junto a ellas escucharon las explicaciones del guía. En las entradas y salidas de los puertos, en todo momento difícil, el primer ingeniero se colocaba en una galería alta, lo mismo que el comandante del buque tomaba su sitio en el puente. Los dos gobernantes de este mundo interoceánico vigilaban sus respectivas funciones: uno la dirección; otro el movimiento. Y el telégrafo interno de señales unía las dos inteligencias con rápidas comunicaciones.
Junto al primer ingeniero se colocaba el segundo, encargado de recibir los avisos del puente y transmitirlos abajo a las máquinas. Dos maquinistas—que con la afición germánica a los títulos y jerarquías se titulaban ingenieros terceros—cuidaban, cada uno por separado, de los dos grandes motores que hacían marchar al buque. Otro ingeniero tercero vigilaba las máquinas auxiliares productoras de la luz y el frío.
Al terminar el viaje redondo, cuando el trasatlántico regresaba a Hamburgo, sus máquinas eran reparadas minuciosamente. Durante quince días recibía los mismos cuidados que un caballo de carreras que se prepara para una nueva corrida.
Los tres visitantes admiraron el silencio y la sumisión con que estos organismos enormes cumplían sus funciones cual si tuvieran un alma y se sometiesen voluntariamente a una disciplina. Ni el más leve ruido alteraba el silencio del metal que se movía envuelto en la sordina de la grasa. Todos los organismos funcionaban con la suavidad discreta del lubrificante.
El acero arrollado en tubos, extendido en placas, alargado en émbolos, redondeado en discos, permanecía callado e impasible, sin transpirar el misterio ruidoso de las potencias que se agitaban en sus entrañas. Su rigidez no dejaba adivinar con palpitaciones materiales el agua abrasadora, el vapor asfixiante, el fuego anonadador, a los que bastaba el más leve escape para atraer la catástrofe y la muerte. Las fuerzas ciegas y crueles estaban domadas, canalizadas, sumisas, dúctiles, se transformaban en silencio; realizaban sus transmutaciones de vida con religioso quietismo. Únicamente el calor espeso, pegajoso, húmedo, con su perfume picante de hulla, denunciaba la presencia del gran misterio de los tiempos modernos: la engendración del movimiento en el seno del metal.
Isidro se maravillaba de la sencillez con que estas máquinas gigantescas cumplían su función.
—¡Quién diría que estamos en un buque!—exclamó—. Usted, Fernando, que es poeta, u otro escritor profesional, si hubieran de describir esta parte del Goethe, ¡qué cosas tan hermosas dirían... y tan falsas! De seguro que el lugar donde estamos sería el templo del fuego y las máquinas los altares. El viejo dios Baal saldría a colación, y además un sinnúmero de imágenes interesantes sobre la lucha del buque, que lleva una hoguera en sus entrañas, con el ímpetu de las frías olas: el conflicto entre el fuego y el agua...