Tal vez este lugar del trasatlántico ofrecía un interés dramático en noches de tempestad, cuando los hombres alimentaban las inquietas máquinas, expuestos a quemarse mientras arriba pasaban las olas sobre la cubierta, y todo el buque temblaba y se acostaba bajo los fieros golpes. ¡Pero ahora!...

—Es difícil imaginarse—continuó Maltrana—que estamos en el Océano y estas máquinas sirven para remover las aguas marchando sobre ellas. En nada se adivina la proximidad del mar. Lo mismo podrían ser las máquinas de una fábrica de zapatos o de tejidos. Sólo falta el ruido de los talleres para que la ilusión sea completa.

Subieron después las escalerillas, respirando con deleite al llegar a la cubierta. La tarde estaba cada vez más obscura, como si en mitad de ella fuese a caer la noche. No se veía la costa. Una muralla gris alzábase entre ella y el buque, y parecía avanzar con lentitud, devorando el verde polvoriento de las aguas.

—¡Pucha! ¡La niebla!—exclamó Zurita—. Tenemos para rato. A saber cuándo llegaremos a Montevideo.

Separáronse los tres, como si experimentasen la necesidad de hablar con otras personas después del mucho tiempo que llevaban juntos. El doctor se fue en busca de las damas de su familia, para contarles lo que había visto. Ojeda siguió adelante por la cubierta, en silencioso paseo. Maltrana le abandonó al pasar ante «el rincón de las cocotas». Le atrajo el verlas a casi todas con los sillones juntos, apretadas en torno de Madama Berta, la andariega veterana, cuyos consejos oían religiosamente en asuntos de América. La proximidad al término del viaje las hacía buscarse y apelotonarse con una solidaridad profesional, como si adivinasen peligros cercanos que debían arrostrar en común.

Las que hacían su primer viaje eran miradas por las otras con lástima y envidia. ¡Quién tuviese sus ilusiones!... Recordaban las esperanzas risueñas, las doradas mentiras que las habían acompañado en su llegada al río de la Plata. Y después, ¡habían visto tanto!...

Berta calló al notar que un hombre se había aproximado al grupo. Pero era Maltrana, un amigo de confianza, y siguió hablando a la joven Ernestina, la de la hermosa cabellera, a la que rodeaban todas con cierta predilección, cual si fuese una hermana menor, inocente y mimada. Sus gracias decadentes y artificiales parecían avivarse al contacto de esta juventud inconsciente y esplendorosa.

—Cuando yo llegué aquí, hace quince años—dijo Berta—, ¡qué cosas traía en la cabeza! Iba a poner el pie en el país del oro; tenía miedo de llegar tarde, de que otras se me adelantasen pillando lo mejor... Creía que el buque no avanzaba con bastante rapidez por el río; contaba los números pintados en unas boyas que marcan el canal para los vapores grandes. Sesenta y cuatro... sesenta y tres; ya no faltaban más que sesenta y tres kilómetros para llegar a Buenos Aires. ¡Bestia de mí! Siempre se llega demasiado pronto. ¡Para lo que se encuentra al final!...

Y una sonrisa de cansancio dejaba al descubierto su dentadura con engastes de oro.

Ernestina expuso sus ilusiones, acompañándolas con un gesto de humildad. Ella era artista y ansiaba la gloria. Su porvenir estaba en el teatro. Iba a hacer la vida alegre y tarifada en esta América, de la que le habían dicho maravillas, pero por escaso tiempo y con pretensiones modestas. Sólo aspiraba a reunir cincuenta mil francos. Con esta cantidad y su aspecto, que no era del todo malo, pensaba abrirse paso en París. Obligaría a un director de teatro a que la contratase, interesándose en su empresa con unos cuantos miles de francos; pagaría a los críticos. Lo importante era debutar, y luego... ¡luego!... Brillaba en sus ojos el resplandor de ilusión y de engaño que inflama a todos los visionarios de la gloria. ¡Cincuenta mil francos!... ¿No los encontraría en aquel país de ricos una mujercita como ella, amable y joven... y artista? Y su fe en el porvenir se apoyaba especialmente en esta última cualidad.