Las oyentes la escuchaban con expresiones contradictorias. Unas creían realizable su ilusión. Otras, fatalistas y melancólicas, torcían el gesto. Sabían lo que podía alcanzarse en aquella tierra. Vivir nada más... y gracias. Al principio, una gloria rápida, y luego, la miseria: una miseria peor que la de Europa.

—¡Cincuenta mil francos!—dijo Berta—. No es mucho. Todo depende de la suerte: del primer amigo que encuentres. Tal vez los hagas en dos meses, tal vez tardes años; tal vez no los juntes nunca.

Y le daba consejos inspirados por su larga experiencia. El peligro era el hombre americano, el jovencito simpático y moreno, arrogante unas veces, como macho dominador, dulzón otras, con una suavidad de manteca, gran bailarín, que conquistaba a las mujeres meciéndolas en sus brazos al compás del tango, generoso y manirroto hasta el deslumbramiento en las primeras semanas de la iniciación, hábil después para recobrar lo suyo y llevarse algo más si era posible, con pretexto de pérdidas en el juego.

Berta iba indicando los remedios autoritariamente, como un sargento que lee a los reclutas los artículos de la Ordenanza.

—Lo primero que debes hacer es dejarte el corazón en el barco y bajar a tierra sin él. Aquí no venimos a enamorarnos: venimos a hacer plata. Eso es... Luego, cuando recojas dinero no lo guardes contigo, pues te lo sacarán. No, no muevas la cabeza: te lo sacarán. Tú no sabes qué gentes hay en Buenos Aires; lo mejorcito de cada país. Yo soy yo, y sin embargo me han engañado muchas veces. Las mujeres somos bestias cuando nos vemos solas en un país extranjero y sentimos la necesidad de un verdadero amigo... Todos los sábados irás al Banco Francés para depositar tus ahorros. O mejor aún, los giras directamente a Francia. Así no corres el peligro de que tu amigo se entere y te los haga sacar del Banco, convenciéndote a fuerza de besos o de bofetadas... Toma siempre dinero; no aceptes acciones ni papelotes de ninguna clase.

En esto último insistió mucho la veterana, como si aún estuviera latente en su memoria algún recuerdo penoso. Señores que pasaban por millonarios se dejaban adorar meses y meses sin soltar más que insignificantes obsequios, hasta que al fin la pobre mujer creía llegado el momento de realizar sus esperanzas formulando una petición. «Mi gringa linda: no te puedo dar plata porque los negocios andan mal. Además, la plata la gastarías inmediatamente. Voy a darte algo mejor que asegure tu porvenir; voy a despojarme de un papel magnífico.» Y le entregaba un rimero de acciones correspondientes a una de tantas empresas ilusorias que diariamente se iniciaban en el país. La mujer guardaba los papeles, creyendo poseer una fortuna. El negocio no daba producto todavía, ¡pero más adelante!... Fortalecíase su fe con el ejemplo de empresas salidas de la nada en esta tierra de milagros, que habían llegado a realizar las más fabulosas ganancias.

—Y la pobre—continuó Berta—sigue adorando al hombre que la ha hecho rica, y cuando intenta realizar su resma de títulos, se entera de que únicamente pueden servirle para empapelar su dormitorio.

Apiadábase la veterana de la suerte de muchas que habían llegado a Buenos Aires con el propósito de hacer dinero en pocos meses, regresando inmediatamente a París, y llevaban años y años encadenadas por la miseria, sin esperanza de volver.

La prudente Marcela, la que preguntaba a todos por la cosecha, asintió con movimientos afirmativos.

—Su esperanza—dijo—es la misma de los hombres, que siempre aguardan un buen negocio el día siguiente. Y así se les pasan los años; y como están solas, para alegrarse un poco se entregan a la morfina, a la cocaína, al opio, al éter.