El buque se alejó con sus trompetitas brillantes en lo alto y la muchedumbre liliputiense alineada en los diversos pisos. Un rayo de sol pálido iluminó su popa durante algunos instantes con reflejos de oro antiguo. Luego, como si el Océano hubiese despertado únicamente para presenciar este encuentro, se restableció la sombra, y algo más denso que la sombra asaltó al Goethe a los pocos minutos.
Una muralla gris avanzaba sobre él, devorando el azul del cielo y el verde amarillento del mar. La niebla envolvió al buque cuando entraba en la embocadura del estuario. Empezó a navegar con lentitud. Algunas veces parecía detenerse, como si fluctuase indeciso, no sabiendo qué dirección seguir, y poco después reanudaba la marcha. Rasgaba la «sirena» de minuto en minuto con un aullido lúgubre esta noche blanca sobrevenida en plena tarde. A corta distancia de las bordas cerraba la bruma toda visualidad. Los que miraban abajo sólo veían unos cuantos palmos de superficie acuática. Más allá, el humo turbio y denso lo devoraba todo. El mástil de trinquete y la proa eran débiles sombras, siluetas borrosas, pálidos dibujos sobre un fondo gris.
Muchos pasajeros, especialmente las mujeres, mostraban inquietud. Excitaban sus nervios los rugidos de la chimenea, que parecían llamamientos de socorro. Irritábales no poder ver, marchar a ciegas por unos parajes de frecuente navegación. Pensaban en la posibilidad de un choque en esta atmósfera formida y traidora. Hubiesen preferido la vida estrepitosa de una tempestad.
A los rugidos del trasatlántico contestaban, apagados por la distancia y la bruma, los de otros buques. Tal vez estaban próximos. La niebla atenúa los sones. Para suplir la intermitencia de los bramidos de la chimenea, la campana del vapor tintineaba incesantemente, movida por un grumete. Este repiqueteo, semejante a un toque de misa, excitaba aún más la nerviosidad de las señoras. Criticaban muchos al capitán porque seguía adelante, exponiéndolos a un choque con otro buque o a encallar en los bajos del río.
De pronto, un silbido en el puente, un estrépito en la proa de cabrestantes sueltos y cadenas escurriéndose. El buque quedó inmóvil; acababa de anclar, en espera de que se aclarase la atmósfera.
Y entonces, por una de esas inconsecuencias propias de las muchedumbres, se reprodujo la protesta en los mismos que se habían quejado al ver el buque en marcha. ¡Estos alemanes cachazudos y prudentes! Un capitán de otro país hubiese seguido adelante.
Las mujeres golpeaban el suelo con el pie. ¿Cuándo entrarían en Montevideo? Tal vez pasasen la noche en el río; tal vez no llegarían a Buenos Aires en todo el día siguiente. El doctor Zurita hablaba de nieblas que habían durado tres días.
—Y aquí nos quedaremos, lo mismo que si estuviésemos en una isla... ¡Qué fregatina!
Pronto se cansaron los pasajeros de contemplar la cortina de bruma. Muchos creían ver en su densa superficie bultos negros que surgían de pronto y se agrandaban, siluetas de buques viniendo sobre ellos a todo vapor. Acabaron por resignarse, mostrando un valor fatalista; lo que hubiese de ocurrir era inevitable. Además, el buque seguía lanzando cada medio minuto un bramido indicador de su presencia. Y paseaban por la cubierta con cierto entorpecimiento, con una sensación de extrañeza en los pies, que ya estaban acostumbrados a la movilidad del suelo. Se habían encendido todas las luces en el interior del buque; sonaba el piano del salón, y pasaban junto a las ventanas parejas de danzantes ganosos de aprovechar la inercia de la espera.
El fumadero no tenía un asiento libre. Muchos sentían la necesidad de beber, para quitarse el mal sabor que la niebla dejaba en las gargantas. Los artistas de opereta aparecían con sus mejores trajes. Se habían vestido a media tarde para bajar a tierra, creyendo que antes de una hora estarían en Montevideo. La inmovilidad del buque los colocaba en una situación algo ridícula: ellas oprimidas en sus vestidos flamantes, con grandes sombreros, sin atreverse a tomar asiento por miedo a ajar las faldas; ellos con el bastón en la mano, sufriendo el tormento del cuello alto entre las demás gentes que conservaban los cómodos trajes de viaje. ¡A saber cuándo podrían desembarcar!... Todos se lamentaban con gestos teatrales de este contratiempo de última hora.