Ojeda ocupó una mesa en la terraza de fumadero con su compatriota Conchita.

—Paisana, vamos a llegar—había dicho al verla—. Permítame que la invite a tomar algo. Celebremos el buen viaje.

Ahora que se veía sin amistades femeniles gustábale conversar con la graciosa madrileña, a la que apenas había prestado atención en los días anteriores. Y ella, adivinando que este acercamiento repentino sólo era por el deseo egoísta de no verse solo, burlábase de sus aventuras en el buque.

—A usted, paisano, únicamente le interesa lo extranjero. No tiene ni una mirada para lo de casa... ¡Claro! Las de la tierra somos poco distinguidas, no tenemos chic, como dicen esas señoras que hablan con Isidro.

Fernando la miró con interés creciente. Conchita estaba libre de la virtuosa presencia de doña Zobeida, que andaba por abajo en arreglos de equipaje. Los ojitos negros tenían una expresión maliciosa y prometedora. A él no le parecía mal la madrileña... ¡Pero en víspera de la llegada a Buenos Aires! ¡Cargar con un nuevo compromiso un hombre como él, que iba a la ventura!...

Su conversación giró al poco rato sobre el dinero y la nueva vida que les esperaba allá. ¿Qué pensaba hacer Concha al desembarcar? ¿Tenía algún amigo en aquella tierra?... Pero la muchacha rio con una inconsciencia valerosa. Nadie la esperaba, ni ella necesitaba apoyo alguno. Entraría en Buenos Aires como en su casa; lo mismo que si hubiese nacido allí.

—Y dinero, ¿sabe usted, paisano? ni una peseta, ni una perra gorda. Tengo el gusto de desembarcar con el bolsillo limpio. Quiero que conste así, para cuando yo vaya en automóvil, tenga collares de perlas y los periódicos publiquen mi biografía con retrato. Me quedaba un poco de dinero, ¡muy poco! al bajar en Río con doña Zobeida. La pobre señora me convidó y yo la convidé; luego volvió a obsequiarme, y yo, por no ser menos, le devolví el obsequio. Total, que en automóviles, refrescos, frutas del país y demás, se me fue el dinero. A lo último me quedaban diez pesetas, y me las gasté en sellos y postales, enviando recuerdos a los amigos y amigas de España. No me queda ni una mota. ¡Limpia por completo! Así camina una más ligera.

Reía con cierta agresividad, como si desafiase al porvenir. Cuando llegara a Buenos Aires, subiría a un coche, el primero que le saliese al paso, ordenando al cochero que la llevara a un hotel español. En el hotel pagarían el importe de la carrera. Y luego, a vivir, a esperar... En peores trances se había visto. Una mujer como ella podía correr el mundo sin una peseta. No todos los hombres iban a ser tan adustos y distraídos como uno que ella conocía—aquí Ojeda saludó irónicamente, no sabiendo qué contestar—. Tenía antiguos amigos en Argentina: señores que había conocido durante su paso por Madrid; unos, americanos; otros, españoles establecidos en Buenos Aires. Ignoraba sus domicilios, pero ella averiguaría.

—Yo soy capaz de descubrir dónde se acuesta el diablo. Además, cuento con la suerte, con lo que una no espera. Me da el corazón que se presentará algo bueno.

Fernando la habló de las francesas que iban en el buque. Tal vez tuviese más suerte que ellas. ¡Quién sabe a lo que llegaría en Buenos Aires! Pero la española torció el gesto. Ella no ambicionaba joyas, ni pretendía llamar la atención por su elegancia. Vivir bien y nada más.