—Isidro dice que yo soy una mujer para la gente... clásica. No sé lo que será eso. A mí me gustan los hombres serios; nada de ruidos. Vivir con uno como en familia.
Pretendió Ojeda tentar su codicia de mujer, hablando de los diamantes que conquistaban en Argentina y Brasil las cortesanas viajeras. Pero Conchita torció otra vez el gesto con expresión de protesta.
—No; yo no quiero diamantes. ¡Para como los ganan muchas!... Yo soy clásica, como dice Isidro, y no me presto a ciertas cosas. A mí me gusta como Dios manda, ¿se entera usted?... como Dios manda.
Y no pudo dar explicaciones más claras sobre qué es lo que Dios manda, pues se presentó doña Zobeida, que, terminados sus quehaceres, iba por la cubierta en busca de «la buena señorita». Corrió la gente hacia el balconaje de proa, como si la atrajese una gran novedad. El buque se movía otra vez; iba avanzando lentamente. Persistía la bruma, pero era menos densa. Los ojos alcanzaban a ver a mayor distancia a través de su blanco humo.
Esta marcha devolvió el buen humor a los que se preparaban a bajar en Montevideo. Era un avance tímido pero continuo a través de la bruma, que se presentaba en oleadas densas, como si la atmósfera se solidificase a trechos. Deslizábase esta cortina río abajo y resurgía el Goethe a una niebla menos espesa, que transparentaba los perfiles lejanos como fluidas siluetas. Al poco tiempo, una nueva avalancha cegadora pasaba sobre el buque, y así iba avanzando éste, con rápidos tránsitos, de una obscuridad absoluta a una penumbra vaporosa y láctea.
La luz macilenta que había podido filtrar el día a través de estos cortinajes lóbregos acababa de extinguirse con la llegada de la noche. El buque aparecía iluminado desde las cubiertas bajas a los topes. Sus costados estaban agujereados como negros panales por los ojos ígneos de los tragaluces. Los reverberos de las cubiertas daban a la niebla invasora un temblor irisado. En ciertos momentos, el trasatlántico parecía inmóvil, y únicamente al avanzar la cabeza fuera de la borda se convencían los pasajeros de que marchaba, oyendo el chapoteo invisible de sus flancos.
Ojeda vio pasar a Mina junto a él, una Mina distinta en su aspecto exterior a la que había conocido hasta entonces, siempre vestida de blanco y con la cabeza descubierta. Un gabán obscuro la envolvía del cuello a los pies. Su rostro estaba medio oculto por un ancho sombrero y un velo tupido. Ella, que en los días anteriores evitaba todo encuentro con Fernando, pasó repetidas veces junto a él. Hasta creyó adivinar a través del velo que sus ojos le miraban intencionadamente.
Al llegar en sus evoluciones cerca de una escalerilla de la cubierta de botes, volvió Mina la cabeza con muda invitación y subió rápidamente. Fernando, después de una espera prudente, fue tras de sus pasos.
Se encontraron arriba en una láctea penumbra atravesada por la flecha roja de las luces solitarias. Nadie más que ellos. Experimentaron cierta cortedad al verse frente a frente, como si se arrepintieran de esta entrevista. A los pocos momentos chorreaba la humedad por sus ropas. Sentían las manos humedecidas, e instintivamente las guardaron en los bolsillos. Toda su vida se concentró en los ojos.
Ella fue la primera en romper el silencio.