No podía resignarse a dejar el buque sin hablar con él por última vez, sin decirle adiós. Y Fernando, emocionado por el tono de humildad con que hablaba esta mujer, sacó las manos de los bolsillos buscando las suyas. ¡Mina!... ¡Brunilda adorada!... De su existencia en medio del Océano, ella iba a ser el único recuerdo que permanecería en pie.
La alemana habló al principio con timidez, en tercera persona, evitando el tuteo de la pasión; pero luego, con súbita familiaridad, se expresó libremente, lo mismo que cuando paseaban por la cubierta a altas horas de la noche.
--- Me has hecho mucho daño. ¡Lo que yo he sufrido!... Quise odiarte, y no pude... Al verte con otra, huía, huía, detestando a tu compañera; pero a ti no. Y ahora no he podido alejarme sin decirte adiós.
¡Ay! Si él no hubiese sentido la fatal curiosidad... Si se hubiera limitado a amarla como ella quería... ¡qué felicidad la de los dos!...
—No puedo censurarte. Tú eres hombre y necesitas la posesión; y yo soy una pobre enferma, sin otros encantos que los del alma, los que no se ven... Y ahora, adiós; tal vez para siempre, tal vez por algún tiempo nada más. ¡El mundo es tan pequeño!...
La compañía iba a desembarcar en Montevideo. Trabajaría tres semanas en esta ciudad, mientras quedaba libre un teatro de Buenos Aires.
—Pronto iré adonde tú estarás... pero ¡quién sabe! Aunque vivamos en el mismo sitio, no nos veremos. Somos de distintos mundos; tú no te acordarás de mí. ¿Quién soy yo?... Ni siquiera una buena memoria: una decepción, un recuerdo penoso.
Él protestó con toda la vehemencia de su carácter, apasionado y elocuente cuando estaba en contacto con una mujer. Guardaría memoria de ella mientras viviese. Las otras no habían dejado en su recuerdo más que una sensación de penosa hartura.
—No te creo—dijo ella—. Tú sí que serás el mejor recuerdo de mi existencia... Me has hecho sufrir mucho. Tu fuga me hizo ver una decadencia y una miseria que tenía olvidadas. Pero aun así, ¡gracias, muchas gracias! Te debo la única felicidad que he conocido.
Vivía ella embrutecida por el desaliento, resignada a no conocer otra vez el amor, encanto de la existencia. Y llegaba él, para fijarse en su belleza marchita, inadvertida de los otros, y la despertaba misericordiosamente, tomándola en sus brazos, elevándola hasta su boca.