Esta felicidad había durado poco. Un pequeño rayo de sol, una risa de oro en el limbo de su existencia: un relámpago de luz alegre, y luego la noche otra vez, la desesperación de reconocer su decadencia. Pero a pesar de esto, repetía sus palabras de gratitud. ¡Gracias, muchas gracias! Se llevaba con ella algo que no le iban a quitar: la dulce melancolía del recuerdo, que puede embellecer la penumbra de una existencia resignada. Pensaría en él, como en un otoño suave, cuando sintiese el frío de la soledad.
—Aunque no me des más, ya has hecho bastante... Tal vez sea mejor que no volvamos a encontrarnos. Te veré en mi recuerdo cada vez más grande, más atractivo... Y ahora, adiós. Separémonos. Tengo que hacer abajo.
Fernando, que horas antes apenas se acordaba de ella, sintióse triste al abandonarla. Experimentó la melancolía del actor que empieza a «entrar en su personaje» y ve que le arrebatan de pronto el papel. Había saltado atrás con el pensamiento, suprimiendo unos días, y se contemplaba en el silencio de la noche equinoccial paseando por «el rincón de los besos» sosteniendo con un brazo a la romántica alemana, próxima a desvanecerse de sentimentalismo. Las palabras de entonces volvían a sus labios: «¡Novia mía!... ¡Mi walkyria!».
Aquella mujer era la única en el buque que le había amado con desinterés. ¿Y quería separarse de él así, fríamente, sin añadir algo a sus palabras?...
Estaban cogidos de ambas manos, con los dedos entrecruzados. Él tiró sin encontrar resistencia, y ella, sumisa, adivinando sus deseos, dejó caer la cabeza sobre un hombro de Fernando. Mina no habló, pero él creía escuchar su voz infantil y medrosa, tal como había sonado abajo noches antes: «Boca, sí... Cabina, no...».
Su beso fue triste, dificultoso. Sus caras, al juntarse, estaban húmedas y chorreantes por la niebla. Ella besó como en la primera noche, de abajo arriba, entornando los ojos, palpitantes las alillas de la nariz, frunciendo los labios, como una flor que cierra sus pétalos. Pero Fernando sólo encontró en esta caricia una sensación lejana, semejante a la de un perfume desvanecido, a la de una música borrosa. Además, el ala del sombrero se clavó en su frente, el velo arremolinado le raspó una mejilla, la punta de un alfiler largo, que parecía animado de vida maligna, buscó traidoramente uno de sus ojos.
Ella se separó con rudo tirón. ¡Adiós! ¡adiós! Y al estar junto a la escalerilla, volvió aún la cara hacia Ojeda para despedirse con voz trémula:
—¡Novio mío!... ¡mi poeta! Acuérdate alguna vez.
Al descender Fernando a la cubierta de paseo, vio a Mina hablando en alemán con otras de la compañía. Pasó junto a ella, y al encontrarse con sus ojos, éstos le miraron indiferentes, sin la más leve emoción, cual si fuese un desconocido.
Empezaron a marcarse a través de la niebla, cada vez más clara, varios puntos de luz: unos, fijos; otros, intermitentes, parpadeando como ojos de cíclope. Una nube rojiza se extendía frente a la proa sobre el perfil negro de la costa. Debía ser el reflejo de una ciudad iluminada... ¡Montevideo!