Y otra vez la inconstancia de la muchedumbre se puso de manifiesto con alabanzas al capitán por haber avanzado sin extravíos a pesar de la niebla.

Abríanse grandes claros en el cielo al rasgarse la bruma. Eran largos colgantes de intenso azul en los que flotaban enjambres de estrellas. Al poco rato, una brisa fresca barría los últimos jirones, que se amontonaron más allá de la popa, río abajo, formando una barrera blanca.

Quedaron completamente al descubierto, con la limpieza de un cuadro recién lavado, la superficie del estuario y la costa negra con sus resplandores de faros y de pueblos. El oleaje rompía y entremezclaba los reflejos de los astros, haciendo danzar estas luces sin calor, lo mismo que fuegos fatuos.

Volvió a lanzar sus bramidos el Goethe en la noche serena, manteniendo su marcha lenta, cual si no se atreviese a avanzar solo. Después de la comida se agolparon los pasajeros en las bordas, atraídos por una novedad. Una luz venía al encuentro del buque al ras de las aguas; una luz que se agitaba locamente en continuo balanceo, ocultándose con frecuencia al interponerse una ola entre ella y el navío.

Algunos pasajeros reconocieron esta luz. Era el vaporcito del práctico de Montevideo. Desde lo alto del Goethe, inmóvil como una isla, parecían insignificantes las ondulaciones que venían a chocar contra sus costados; pero al mirar la luz que se aproximaba titubeante, algunas mujeres daban gritos de angustia. El vaporcito, ancho y profundo, de robusta chimenea, navegaba, sin embargo, como un pedazo de corcho a merced de las olas, sacudido, retorcido, zarandeado por encontradas fuerzas. A veces desaparecía su luz, como si se la hubiesen tragado las aguas, y tras largo eclipse volvía a aparecer más allá, donde nadie esperaba verla.

—¡Qué río el de la Plata!—dijo con orgullo el doctor Zurita a Isidro—. Y lo que usted ve no es nada... Hay que pasarlo un día de tormenta... Algunos que no se marean yendo a Europa, echan hasta el alma en un vapor del río.

El buque del práctico entró en la zona iluminada del Goethe. Los pasajeros vieron abajo una ancha cubierta mojada por el oleaje, unos cuantos hombres con impermeables, la boca de una chimenea que cesó de arrojar humo, y las luces de varios faroles. Una escala de cuerda cayó desde el trasatlántico y un hombre gateó por sus travesaños. A los pocos minutos sonaron en lo alto del buque los timbres de señales para las máquinas. Se despegó el vaporcito, alejándose con violento y grotesco cabeceo, semejante a los traspiés de un beodo. El Goethe, con el práctico en el puente, aceleró su marcha, poniendo la proa rectamente a Montevideo.

Empezaron a surgir rosarios de luces entre las masas de sombra de la costa. Unas eran rojas y mortecinas; otras, blancas y erizadas de fulgores: una procesión cada vez más larga y de filas múltiples según el vapor iba avanzando. En lo alto del cielo, un astro poderoso centelleaba con intermitencias, rasgando la obscuridad. Los uruguayos saludaron esta faja parpadeante de luz con patriótico entusiasmo. Era el faro del Cerro; el monte que al ser visto por los primeros navegantes españoles dio, según la tradición, su nombre a la ciudad.

Las luces se iban extendiendo profusamente. Alineábanse en dobles filas, indicando el trazado de los bulevares exteriores; otras más débiles punteaban con rangos superpuestos la negra masa de los edificios. Junto al agua brillaban los focos eléctricos del muelle y las linternas multicolores de los buques.

Rompió a tocar la banda del Goethe la marcha triunfal con que saludaba el ingreso en los puertos. A un lado del buque surgió un murallón con espumas en su base. Era la escollera. Viéronse muelles con puente agolpada en sus bordes; edificios altos; arranques de calles que se perdían en lontananza entre una doble fila de árboles y faroles; luces movibles de tranvías y automóviles.