Algunos pasajeros se agitaban de un lado a otro de la cubierta, como si les faltase el tiempo para desembarcar.
—¡Ya estamos!... ¡Ya hemos llegado!
Pasó el Goethe por entre buques tan enormes como él, trasatlánticos que iban con rumbo a Europa o a los puertos del Pacífico, y sólo anclaban unas horas, cerca de la embocadura, para salir inmediatamente. Sus luces rojas, verdes y blancas reflejábanse con violento serpenteo en las aguas removidas por el paso continuo de lanchas y remolcadores.
Cuando la gente del Goethe creía que el buque iba a seguir avanzando, hasta pegarse a un muelle, se detuvo en mitad de la dársena, lo mismo que los otros trasatlánticos, y sonó en su proa el estrepitoso rodar de las cadenas de anclaje. «¡Fondo!...» Quedó inmóvil la nave, e inmediatamente la rodearon los pequeños vapores que evolucionaban en torno de ella. Aglomerábase el gentío en sus cubiertas agitando pañuelos, dando gritos para llamar la atención de los pasajeros del trasatlántico alineados en las bordas. Y muchos de éstos, al avanzar sus cabezas para ver mejor a la muchedumbre que llenaba los pequeños buques, reconocieron caras amigas, saludándolas con gritos de regocijo y preguntas sobre los ausentes.
Unos eran de Buenos Aires, y habían bajado el río para dar la bienvenida a las familias que regresaban de Europa; otros esperaban el momento de subir al trasatlántico, por curiosidad o por exigencias del oficio.
El Goethe había encendido en sus costados poderosos focos de luz verde, que daba a los rostros un tono lívido, haciendo palidecer los faroles de las embarcaciones inmediatas. Después de larga espera quedaron francas las escalas del buque, lanzándose por ellas la muchedumbre como si subiera al asalto.
Los primeros en entrar fueron los vendedores de periódicos, pregonando los últimos diarios y revistas de Buenos Aires y de Montevideo. Arrebatábanse los viajeros el papel impreso, ansiosos de enterarse de las noticias de su país, como si temiesen que durante su aislamiento en el mar hubieran ocurrido los sucesos más extraordinarios. Después subieron corredores de los hoteles de Buenos Aires y agentes de empresas de transportes, ofreciendo sus servicios. Todos hablaban de la gran ciudad situada al final del estuario, como si ella existiese únicamente y la otra que estaba a la vista fuese una simple portería del río. Esparcíanse por el trasatlántico los que habían llegado de Buenos Aires para saludar a sus amigos. Gritos, llamadas, reconocimientos, abrazos, preguntas por los parientes que esperaban allá.
Los pasajeros con destino a Montevideo desfilaban por una escala especial hasta un vaporcito de amplia cubierta. Todas las damas de la opereta bajaron estos peldaños de madera con el gesto majestuoso de una reina de teatro que desciende por una escalinata de cartón. Las «estrellas» de la compañía avanzaban entorpecidas por los grandes ramos que les había enviado el empresario a guisa de saludo. Hasta las coristas parecían otras al descender a tierra. Contestaban a los saludos de Maltrana con una discreción de grandes señoras que abandonan su incógnito. Ya estaban en América. La fortuna, indudablemente, les reservaba gratas sorpresas. Había que hacerse valer, olvidando las promiscuidades del buque.
Fernando vio a Mina que bajaba la última, llevando el niño por delante y sosteniendo en sus brazos varias ropas y paquetes. Pasó junto a él como si no quisiera verle, contestando a su mirada de despedida con un ligero movimiento de cabeza.
«¡Adiós, Karl!...» La mano de Ojeda había acariciado al niño, y éste movió la cabeza, considerándolo un instante con la expresión del que recuerda de pronto a una persona olvidada. Luego se alejó de él sin un saludo, sin una sonrisa, con el enfurruñamiento de su gravedad precoz.