Miraba Isidro la ciudad, alabando su hermoso aspecto.

—Ya estamos en nuestra América, Ojeda. Crea usted que bajaría con gusto, pero no me place ver una ciudad de noche, y el buque saldrá antes del amanecer.

Ojeda había estado en Montevideo años antes, y guardaba un buen recuerdo.

—Algún día la veremos—dijo—. Vamos a ser vecinos de ella. Un viaje de una noche nada más... ¡Quién sabe cuántas veces tendremos que volver por aquí!...

Un estallido de aplausos, acompañado de vibrantes aclamaciones, sonó en la cubierta superior. El curioso Maltrana corrió escalera arriba, y Fernando tras él. Una muchedumbre llenaba el jardín de invierno y el salón. Algunas banderas tricolores desplegábanse sobre las cabezas descubiertas.

—¡Los gringos! ¡Vamos a ver a los gringos!—decían los niños en el paseo, acudiendo curiosos, atraídos por los aplausos.

Varias comisiones de sociedades italianas de Montevideo habían venido a saludar a su compatriota el conferencista ilustre de paso para Buenos Aires. Todos se lamentaban de que no descendiese inmediatamente en su ciudad; le pedían que volviera cuanto antes a Montevideo. Isidro se fijó en los diversos aspectos de los comisionados: unos, bien vestidos, revelando en el empaque de sus personas la satisfacción de una fortuna recién conquistada; otros, más humildes, con el aspecto de obreros endomingados; pero todos rebosando un orgullo patriótico por esta visita, que les recordaba la tierra lejana y parecía aumentar su propia importancia en el país de adopción.

El conferencista, que había pasado casi inadvertido durante la travesía, se agigantaba ahora de golpe con este homenaje popular. Muchas señoras que apenas se habían fijado en él, sonreían y lo encontraban «muy distinguido de figura».

Un mocetón italiano, representante de una sociedad obrera, saludó al professore con un discursito aprendido de memoria. Lo recitó de buena fe, con la convicción de que estaba trabajando por la gloria de su país. Celebraba la llegada del grande hombre como la aparición del día, con enfático lenguaje: «Egregio professore: Voi siete come la stella del mattino...». Y mientras aplaudían los compatriotas, «la estrella de la mañana» acariciábase las barbas y se afirmaba los lentes pensando en su contestación.

—¿Y el abate?—dijo Maltrana—, ¿Dónde estará el otro conferencista?