Habían vuelto los dos amigos al paseo, huyendo del sudoroso calor y los empellones de la gente aglomerada. Cerca del café vieron al abate rodeado de tres jóvenes que habían venido de Buenos Aires para darle la bienvenida.
—Poco éxito—dijo Isidro—. El italiano lo aplasta con sus masas. Fíjese usted: tres jovencitos nada más, tres niños de buena familia, que indudablemente vienen enviados por sus mamás.
Ojeda movió la cabeza negativamente. Los recibimientos eran distintos, cierto; pero faltaba ver el final, el resultado positivo de las conferencias.
—Los dos vienen a ganar dinero, y eso es lo que en realidad les importa. Verá usted cómo el otro, a pesar de tantas aclamaciones, músicas y banderas, no se lleva lo que el abate.
Al seguir circulando por la cubierta, vieron nuevas personas que se habían agregado a los grupos de viajeros. Todas las familias argentinas rodeaban a alguien que había realizado el viaje a Montevideo para saludarlas. Y el recién llegado hablaba y hablaba, para satisfacer su curiosidad ansiosa de novedades.
En la terraza del fumadero encontraron a todos los Kasper sentados a una mesa gravemente, como si celebrasen un consejo de familia. Frente a Nélida estaba un mocetón alto, tostado por el sol y de mirada dura.
Maltrana pasó rápidamente mirando a otro lado, cual si quisiera evitarse saludos y presentaciones.
—¿Se ha fijado usted?—dijo a Ojeda algunos pasos más allá—. Es el hermano, el centauro de la Pampa, que ha venido a esperarlos; el vengador que amenaza a su hermana con desfigurarle el rostro... La pobrecita está desde esta tarde con un susto mortal. Un radiograma les hizo saber que el bárbaro los esperaba en Montevideo, y en seguida me rogó que no me acercase a ella. Veremos en qué para esto.
Al otro lado del paseo encontraron al «hombre misterioso». Maltrana, al verle, experimentó gran sorpresa. ¡Oh prodigio! El hombre lúgubre no estaba solo; tenía un amigo. Hablaba con él un joven que parecía por su aspecto un ayuda de cámara.
—Esto va poniéndose claro, Ojeda. Algún cómplice que viene a darle aviso. La policía lo espera indudablemente en Buenos Aires... Pero ese amigacho parece un criado de casa grande. ¿No estarán preparando juntos algún mal golpe?... De todos modos, vamos a saber la verdad mañana. Yo no me voy sin averiguar lo que encierra el camarote.