Ojeda sonrió al recordar, por estas indicaciones de su amigo, el final del insaciable Fausto. Había gozado dos grandes amores, Margarita y Elena, y ni la ingenua burguesilla alemana ni la hija tentadora de los dioses le hicieron conocer la verdadera felicidad. La ciencia fue para él otro desengaño; y lo mismo el imperio sobre los hombres, la «potencia de dominación», con todas las satisfacciones del orgullo... Al final de su existencia creía encontrar la verdadera dicha dedicándose al progreso de sus semejantes, colonizando una isla, levantando en ella la ciudad futura, en la que todos serían iguales, regidos por la santa poesía... Y para la realización de esta empresa luchaba con la tierra salvaje y con las aguas, abriéndolas un enorme canal.
—Sí—continuó Fernando—; fue un colonizador, después de haber sido enamorado, sabio y monarca. Pero cuando consideraba su obra triunfante, Mefistófeles, el diabólico compañero, malvado y burlón, reía a sus espaldas. «Infeliz: cree estar abriendo un canal, y está abriendo su propia tumba.»
—Pero a usted no le ocurrirá eso. Usted es joven, y tiene más ilusiones que el famoso doctor.
Fernando hizo un gesto de indiferencia. No le inquietaba el porvenir. La muerte llegaría para él lo mismo que llega para los demás, inesperadamente, sin consultar las ambiciones y las necesidades de su víctima. Si los hombres pensasen en la muerte a todas horas, pocos querrían trabajar, convencidos de antemano de la inutilidad de sus esfuerzos.
—Creo lo mismo que usted—concluyó animosamente—. Yo removeré la tierra y abriré canales, sin abrir por eso mi tumba... Mi sepultura está en Europa. Pero ¡quién sabe las cosas que nos aguardan antes de morir en este país al que vamos llegando!
Después de media noche, se retiraron los dos amigos a sus camarotes. Había disminuido la gente en las cubiertas y salones. Los comisionados italianos, con sus banderas y sus vítores, estaban ya en tierra, y lo mismo que ellos, los demás habitantes de Montevideo venidos al trasatlántico para saludar a los amigos. No quedaba en torno del Goethe ningún vaporcillo de pasajeros. Ahora eran fuertes gabarras las que flotaban junto a la nave. Movíanse ruidosamente las maquinillas de descarga. Sus brazos amarillos pasaban enormes fardos de las bodegas de proa y de popa a las chatas embarcaciones. Esta operación iba a prolongarse hasta la madrugada. Además de las mercancías, había que echar a tierra el enorme bagaje de la compañía de opereta: cofres de vestuario, decoraciones, equipajes de los artistas.
Al entrar en su camarote, Ojeda experimentó la sorpresa de la inmovilidad. Estaba acostumbrado al zumbido remoto de la máquina, que comunicaba un ligero temblor a las paredes. Le hacía falta el crujido de las maderas, el ruido continuo de agua corriente debajo de la ventana. Creyó estar ahora en una casa de tierra firme. Todo inerte, como si el buque fuese de ladrillo con profundas raíces en el suelo. El silencio nocturno, cortado por relámpagos de ruido, era igual al de una fábrica. Cuando Fernando empezaba a dormirse, reanudábase de pronto el rodar de las maquinillas acompañado del griterío de los obreros ocupados en la descarga.
El buque no podía zarpar hasta después del amanecer. Aguardaba el capitán a que subiese la marea para remontar el río.
Despertó Ojeda, en la mañana siguiente, cuando entraba el sol por la ventana de su camarote. Su primera impresión fue de sobresalto. Algo extraordinario había retrasado la salida del buque. Éste parecía inmóvil, como si aún permaneciese anclado frente a Montevideo. Pero al aproximarse a la ventana, no vio la ciudad ni los numerosos buques surtos en el puerto. Una extensión infinita de agua se abrió ante sus ojos; pero era un agua amarillenta a trechos, más allá rojiza, con el leve rizado de un oleaje corto e incesante.
Navegaba el buque como si avanzase entre algodones, sin un choque, sin el más leve balanceo. Su profunda quilla parecía resbalar sobre rieles invisibles. Las aguas, al partirse ante su vientre, eran sordas y no levantaban jaboneo de espumas. Los ojos, habituados al azul intenso del Océano, parpadeaban con cierta extrañeza ante la extensión amarilla, semejante por su color a una pradera seca.