En la cubierta de paseo encontró Fernando a los pasajeros vestidos con trajes de calle, como si les faltase tiempo para saltar a tierra. Muchos hombres llevaban ya guantes y bastón. Las señoras iban puestas de sombrero, con abrigos recientemente adquiridos en París. Tal vez eran demasiado gruesos para la temperatura reinante, pero ellas tenían prisa de exhibirlos al saltar a tierra, contando con la admiración o la envidia sonriente de las amigas.

Faltaban aún varias horas para llegar a Buenos Aires. Las orillas, sin una colina, sin altos bosques, permanecían invisibles y el río desarrollábase inmenso y solitario como el mar. De vez en cuando, sobre las aguas rojas, que parecían de barro líquido, cabeceaba una boya con un farol en la cúspide y un número blanco en el vientre, indicador de los kilómetros entre Buenos Aires y Montevideo. El Goethe marchaba entre una doble fila de estas balizas, que marcaban el canal para los buques de gran calado. A los lados de este canal surgían inmóviles los barcos del dragado, como negras ballenas dormidas a flor de agua. Veíase el rosario oblicuo de sus enormes tanques entrando en el agua y saliendo con un chorreo de fango removido.

El trasatlántico avanzaba lentamente, como si su quilla mordiese en el fondo ocultos obstáculos. Estremecíase al remover un légamo secular, venciendo ocultas resistencias. En torno de su vientre se obscurecían las aguas con una nube negra que subía de la profundidad. Las espumas levantadas por las hélices tenían en su hervor manchas de detritus. Un viento a ráfagas, más violento que el del Océano, pasaba sobre esta superficie, levantando un oleaje encontrado que chocaba imponente en los flancos de la nave, sin producir en ella la menor conmoción. Media hora después, al cesar el viento, la superficie del río quedaba casi inmóvil.

Fuera de las líneas de balizamiento pasaban a todo vapor, o con las velas desplegadas, numerosos buques. Eran fragatas que iban a descargar, Paraná arriba, en el puerto de Rosario; vapores de tres pisos, sin mástiles y de escaso fondo, parecidos a casas flotantes, que hacían el servicio diario entre Buenos Aires y Montevideo; reducidos paquebotes, iguales en su forma a los grandes trasatlánticos, que remontaban el estuario con rumbo al Paraguay y a las escalas fluviales del corazón del Brasil, en plena selva virgen.

Ojeda vio a Maltrana venir hacia él sonriente y amistoso como si le faltara tiempo para comunicarle gratas noticias.

—Lo de la familia Kasper queda resuelto. Nélida acaba de presentarme a su temible hermano... En cuanto al camarote misterioso, ya no tiene misterio... Hace un rato he estado hablando con «el hombre lúgubre».

Y como si gozase manteniendo latente la curiosidad de Fernando, empezó por hablar de Nélida y su familia. ¡Todos contentos! El hermano pequeño atolondrado por las reprimendas de la madre y el enojo patriarcal del señor Kasper, parecía haber olvidado sus amenazas, absteniéndose de hacer revelaciones al hermano mayor. Nélida le cedía a perpetuidad el loro y la mona regalados por Ojeda, y esta merced generosa había acabado de extinguir sus antiguos rencores. Ocupado en sus caricias a estos compañeros, no se acordaba de nada.

El padre y su montaraz primogénito habían pasado varias horas en la noche anterior y en esta mañana hablando de negocios. Y Nélida aprovechaba la menor pausa para acariciar con gestos felinos y engañosos al sombrío centauro, que también parecía haber olvidado con la emoción sus recelos y sus amenazas. Acababa de encontrarse Isidro con ellos en el fumadero, y Nélida le había presentado al hermano.

—Un bárbaro; créame, Ojeda. Mirada torva, dificultad en el hablar, como si no se acordase de las palabras, y un apretón de manos que aún me duele. Pero me dio las gracias como pudo al saber por Nélida que yo y otro señor compatriota mío habíamos tenido grandes atenciones con ella. Hasta me ha invitado a que vaya a pasar unos días en su estancia. ¡Qué vida ésta del Océano! ¡Qué cosas ha visto el buque!...

—¿Y lo del camarote?—preguntó Fernando—. ¿Qué es lo que hay dentro de él?