Otra vez lanzó exclamaciones Maltrana ponderando las sorpresas de aquella vida sobre el mar, abundante en novedades y contrastes. Venían viajando sobre catorce millones en oro apilados en la bodega; y por si no bastaba tanta riqueza, él había dormido todas las noches junto a una señora millonaria, cuya presencia en el trasatlántico muy pocos conocían.

—¿La ha visto usted?—preguntó Ojeda, francamente interesado por esta noticia.

—No pienso verla: no me tienta la curiosidad. Ha perdido todo interés para mí... Porque le advierto, Fernando, que la tal señora, mi vecina de camarote, murió hace un mes en París, y es su cadáver el que viene con nosotros a Buenos Aires.

Acababa Isidro de enterarse. El mayordomo del buque le había revelado el secreto viendo próximo el término del viaje.

—La pobre señora tenía un nombre poético un tanto raro: doña Matutina Flores. Parece que en esta tierra bautizan a las gentes con nombres algo originales... ¡Los millones de la noble matrona! No sé cuántos: unos dicen treinta, otros cuarenta... En fin, muchas casas en Buenos Aires, leguas y leguas de campos, miles y miles de vacas, acciones de todos los Bancos serios. Vivía en París, como todo argentino rico que se respeta, rodeada de hijas, hijos, yernos, nueras y nietos. Una familia numerosa, una verdadera tribu, pero con víveres en abundancia. Y al morir doña Matutina la llevan a enterrar a Buenos Aires, según su póstuma voluntad. Los hijos y los yernos no han querido hacer el viaje con ella (esto les enternecería mucho), pero vienen en otro buque, para repartirse la herencia sobre el terreno.

—¿Y el hombre misterioso?...

—Es simplemente el mayordomo que tenía la difunta en su hotel de la Avenida del Bosque... Un majestuoso doméstico, que sabe guardar las distancias lo mismo que un diplomático, y por eso se mantenía aparte, con un digno espíritu de clase. ¡Y yo que tomaba esta tiesura por orgullo!

El recuerdo de sus pasadas curiosidades surgió en Maltrana como un remordimiento.

—¡Pobre doña Matutina!... Que me perdone desde el cielo los escándalos que he dado ante su puerta... Ni la conozco ni me deja nada; pero la tengo cierta simpatía. Ya ve usted: ¡medio mes de dormir juntos, sin otra separación que un tabique de madera!... ¡Y tantas veces que la han recordado las señoras argentinas en sus tertulias de la cubierta, sin sospechar que la tenían debajo de sus pies!... Los herederos se han portado bien. En vez de meterla en la bodega, la han alquilado un camarote, como si fuese una persona viva. ¡Corazones generosos!... ¡Las atenciones y finezas que inspiran unas docenas de millones!...

Isidro no podía abandonar el recuerdo de este cadáver acompañándole invisible en su viaje.