Atravesó el automóvil varias líneas de ferrocarril tendidas a lo largo del río. Pasaba entre largas filas de carros enormemente cargados, que hacían temblar el suelo. De los depósitos surgían los más diversos olores, revelando el movimiento y la vida de un gran puerto.
Luego, los vehículos mercantiles fueron más escasos, y aumentó el número de automóviles y tranvías. Pasaron a lo largo de un jardín. A un lado, frente al río, grandes edificios y aceras con arcadas, bajo las cuales hormigueaba la muchedumbre jornalera.
Subieron una cuesta, y en lo alto de ella vieron extenderse un palacio con los muros de color de rosa. Más allá se abría una plaza blanca con un jardín en el centro.
—Aquí se fundó Buenos Aires—dijo Ojeda—. Ese caserón es el palacio del Gobierno, lo que llaman «la Casa Rosada». La plaza es la de Mayo. Aquel templo griego, la catedral; ese obelisco blanco, la pirámide de la Independencia.
Remontaban la cuesta algunos grupos de hombres de campo llevando a la espalda fardos de ropas. Sus mujeres marchaban junto a ellos, mirándolo todo con ojos de asombro. Los pequeños trotaban delante, con la boca abierta por la misma impresión de sorpresa. Eran emigrantes que acababan de desembarcar de los buques llegados antes que el Goethe, y se metían ciudad adentro, en compañía de los amigos que les habían esperado en el puerto.
—Todos somos unos—dijo Ojeda alegremente—. Todos venimos a lo mismo. Sólo que ellos entran a pie y nosotros en automóvil.
La Avenida de Mayo abrió ante ellos su larga perspectiva: dos filas de altos edificios y dos líneas de aceras orladas de árboles, con grandes escaparates y numerosos cafés y hoteles, que esparcían fuera de sus puertas mesas y sillas. En mitad de la calle una hilera de candelabros eléctricos, y en último término, algo esfumado por la lejanía, un palacio blanco, el Congreso, con una cúpula esbelta que ocupaba gran parte del cielo visible entre la doble fila de casas.
Maltrana, a impulsos de una alegría pueril, empezó a empujar a su amigo juguetonamente.
—¡Buenos Aires!... ¡Ya estamos en Buenos Aires!
Luego miró obstinadamente al fondo de la Avenida, fijándose en la cúpula esbelta, que parecía irradiar luz sobre el cielo, teñido de rojo por el sol decadente de la tarde.