Volvía a su memoria el recuerdo de los argonautas y sus aventuras por alcanzar el Vellocino de oro.
—Nosotros, argonautas modernos y vulgares, no tenemos que esforzarnos por ir en su busca. Nos sale al encuentro. Ahí está. ¡Mírelo cómo brilla!
Y señaló la cúpula, que reflejaba los rayos solares en sus aristas y en los focos de cristal incrustados en sus curvas. El celeste azul que le servía de fondo tomaba igualmente un resplandor de oro. ¡Presagio feliz! Maltrana no pudo contener su entusiasmo.
—Sonría usted, Fernando. El cielo se viste de gala para recibirnos. Cualquiera diría que llueve oro. Fíjese bien. Es un chaparrón de libras esterlinas. ¡Tierra prodigiosa!
Ojeda sonrió con dulce lástima ante el entusiasmo de su amigo.
—Sí; sobre esta tierra llueven libras, pero en su pesadez se meten hondas... ¡muy hondas! Prepárese, Maltrana; tome fuerzas. Hay que agacharse en posturas dolorosas para alcanzarlas... hay que sudar mucho para llegar hasta ellas.
FIN
Buenos Aires-París
1913-1914