Fernando, cansado de circular entre los grupos, que al encontrarse en sus vueltas se inmovilizaban obstruyendo el paso, se detuvo en la parte de proa, apoyándose en la barandilla. Sus ojos experimentaron la voluptuosidad del descanso al sumirse en el obscuro azul poblado de suaves luces. Circulaba a su espalda el movimiento humano acompañado de vivos resplandores; ante él la silenciosa calma del mar tropical, dormido como un lago sin riberas.
Estaba triste. La alegría del champán que le había acompañado al levantarse de la mesa, convertíase ahora, al quedar solo, en una melancolía inexplicable. Ojeda se comparaba a ciertas vasijas en cuyo interior los líquidos más dulces se agrían, perdiendo su perfume. ¡Ay, el doloroso recuerdo de lo que dejaba atrás!...
Un sentimiento confuso de despecho y envidia uníase a su tristeza. Así como el buque iba entrando en los mares tranquilos de inmóvil esmeralda, en las noches cálidas pobladas de titilaciones de espuma y de luz, parecía transformarse. Un ambiente de dulce complicidad, de bondadosa protección, extendíase desde los salones lujosos a los más profundos camarotes. Hombres y mujeres de idiomas diferentes, que habían subido al trasatlántico en distintos puertos y lo abandonarían en diversas tierras, se buscaban, se saludaban, se sonreían, para acabar paseando juntos, hablando en alta voz palabras sin interés, y mirándose al mismo tiempo fijamente en las pupilas, inclinando la cabeza el uno hacia el otro como impulsados por una atracción irresistible. Obscuros instintos servían de guía a la gran masa para seleccionar sus afectos, fraccionándose en grupos de dos seres, según las afinidades de sus gustos o las ocultas atracciones reflejadas en los ojos. Se modelaba aquella noche el boceto de lo que iba a ser esta sociedad lejos del resto de la tierra, vagabunda sobre una cáscara de acero en el desierto de los mares. Este mundo efímero, que sólo podía durar diez o doce días, ofrecería los mismos incidentes de un mundo que durase siglos. Los diez días iban a representar en la vida de muchos tanto como diez años.
Alguien había saltado al buque en las últimas escalas. No era la esperanza sin cabeza y con alas la única intrusa. Venía oculto en los profundos sollados—como aquellos vagabundos descubiertos a la salida de Tenerife—, y al verse en pleno mar de romanza, tranquilo y luminoso, deslizábase furtivamente de su escondrijo, iba examinando las caras de sus compañeros de viaje, los aparejaba según sus gustos, e invisible y benévolo, empujábalos unos hacia otros. Una atmósfera nueva se esparcía por las entrañas del buque. Respiraban los pechos otro aire, provocador de inexplicables suspiros. Los que hasta entonces habían dormitado tranquilamente, arrullados por las ondulaciones del Océano, se revolverían en adelante inquietos durante las noches tranquilas y estrelladas, no pudiendo conciliar el sueño.
Los ojos femeniles iban a descubrir inesperadas atracciones en el mismo hombre contemplado con aversión o indiferencia durante los primeros días del viaje. Las mujeres se transformaban con una valorización creciente, apareciendo más seductoras a cada puesta de sol, como si el trópico comunicase nueva savia a las hermosuras decaídas, como si la proa del navío, al partir las olas buscando las soledades del Ecuador, se aproximase a la legendaria Fontana de Juventud soñada por los conquistadores.
Ojeda conocía a este intruso invisible y juguetón que revolucionaba el trasatlántico, y el intruso lo conocía igualmente a él desde algunos años antes. Tal vez le rozase, como a los otros, con sus alas de mariposa inquieta, pero al reconocerle, seguiría su camino. Nada tenía qué hacer con él... Y esta certeza de permanecer al margen de la vida pasional que iba a desarrollarse en medio del Océano amargaba a Fernando. Viajero por amor, tendría que contemplar la felicidad ajena como los eremitas del desierto contemplaban las rosadas y fantásticas desnudeces evocadas por el Maligno. ¡Ay, quién podría darle en viviente realidad la imagen algo esfumada que latía en su recuerdo!... ¡Pasear sintiendo el dulce brazo en su brazo; soñar arriba, en la última cubierta, ocultos los dos detrás de un bote, las bocas juntas, la mirada perdida en el infinito; vivir toda una vida en tres metros de espacio, entre los tabiques de un camarote, despertando del amoroso anonadamiento con la campana del puente, que sonaba, en la inmensidad oceánica, discreta y tímida, como la otra campana monjil!... Y sumiendo Fernando su mirada en los borbotones de espuma moteados de puntos de luz que resbalaban por el flanco del navío, gimió mentalmente, con un llamamiento angustioso:
—¡Oh, Teri!... ¡Alegría de mi existencia!
Una ligera tos le hizo volver la cabeza, y vio junto a él, apoyada en la baranda, a Mrs. Power, su vecina del comedor. Un tul verde cubría la desnudez de su escote. Llevábase a la boca el cabo dorado de un cigarrillo, y un surtidor de humo partía de sus labios, tomando reflejos de iris bajo el resplandor eléctrico antes de perderse en la obscuridad.
El primer movimiento de Ojeda fue de molestia y de cólera, como el que en mitad de un ensueño dulce se ve despertado. Aborrecía a esta mujer hermosa, por su tiesura varonil; no podía soportar la mirada de sus ojos claros, de fijeza insolente, que parecían retar a un duelo a muerte.
Quiso volver la cabeza hacia el Océano, pero ella no le dio tiempo.