—¿Es la luna?—preguntó en inglés señalando una leve mancha láctea a ras del horizonte.

—Tal vez—respondió Fernando en el mismo idioma—. Pero no... Creo que la luna sale más tarde.

Y tras este cambio breve de palabras, que recordaba los diálogos incoherentes de un método para aprender lenguas, los dos se vieron súbitamente aproximados. Ojeda no supo si fue él quien avanzó por instinto, o ella con la varonil intrepidez de su raza; pero sus codos se tocaron en la barandilla y sus cabezas quedaron separadas únicamente por una pequeña lámina de atmósfera.

Mrs. Power preguntó a Fernando por su amigo, sonriendo al recordar su movilidad y el lenguaje híbrido y pintoresco con que la saludaba todas las mañanas. Un tipo interesante míster Maltrana; ¡lástima que ella no pudiese entender muchas de sus palabras!... Y el recuerdo de las dificultades de lenguaje que se sufrían a bordo le sirvió para justificar su aproximación a Ojeda. Necesitaba un amigo que conociese su idioma. Conversaba de vez en cuando con los Lowe, aquel matrimonio de compatriotas suyos; pero... Y hacía un gesto de altivez para indicar que no eran de su clase.

A la tropa de americanos ruidosos la mantenía alejada. Eran viajantes de comercio, ganaderos de las praderas, gente ordinaria. Se aburría con las señoras de otras nacionalidades que hablaban inglés. Ella había gustado siempre de la sociedad de los hombres... Luego interrumpió el curso de la conversación para preguntar a Ojeda cuánto tiempo había vivido en los Estados Unidos; y al enterarse de que nunca había estado allá, prorrumpió en una exclamación de asombro: «¡Ahó!». Se echaba atrás, como si la acabase de ofender una falta imperdonable de respeto. Pero se repuso inmediatamente de esta impresión de desagrado.

All right! Usted me enseñará el español y yo le perfeccionaré en el inglés. Se adivina que lo aprendió en Londres. Los americanos lo hablamos mejor; eso lo sabe todo el mundo.

Y convencida de la superioridad de su país sobre todo lo existente, propuso a Fernando que fuese su amigo con igual gesto que si contratase un buen servidor para su casa. A impulsos de su franqueza dominadora, no ocultaba que se había enterado de la historia de él, así como de la de todos los que en el buque atraían su atención.

—Usted es poeta, lo sé, y yo nada tengo de poetical: se lo advierto... Mi padre sí; mi padre era alemán y muy dado a las cosas del sentimentalismo. Yo he nacido para los negocios, y ayudo a mi marido. ¡Si no fuese por mí!...

Un paseante interrumpió la conversación. Era el señor Munster, que, llevándose una mano al casquete, suplicaba humildemente:

—Señora, acuérdese de su promesa... La aguardamos en el salón para nuestra partida de bridge. Usted sólo falta para que empecemos.