Mrs. Power sonrió con una amabilidad feroz. «Luego iré.»

Y Munster, comprendiendo lo enojoso de su presencia, se retiró discretamente antes de que la dama le volviese la espalda.

Ella siguió hablando de su carácter; un carácter práctico, incompatible con la ilusión poetical. Atacaba ferozmente el odiado fantasma de la poesía, como si viese en él un motivo de errores y desgracias. Luego habló de su marido con un entusiasmo tenaz, molesto para Ojeda. Era más alto que él y de una distinción que conquistaba el respeto de todos. Había nacido en la Quinta Avenida de Nueva York, hijo de un famoso banquero; pero la familia estaba arruinada.

—Usted, señor, es de los más distinguidos de a bordo, y por esto hablo con usted... Pero no llega ni con mucho a míster Power. Le falta algo. Usted lleva la corbata de un color y el pañuelo de otro. Mi país es el único dónde el hombre puede llamarse elegante. Míster Power no saldrá a la calle si no lleva del mismo tono la corbata, el pañuelo y los calcetines. Es lo menos que puede hacer un gentleman que se respeta.

Pero Fernando apenas escuchaba estas lecciones, expuestas con gravedad científica. Sentíase perturbado por una embriaguez ascendente, como si el vino que poco antes parecía contraerse con tristeza en su interior hiciese explosión de nuevo, avasallando sus sentidos. Fijábase en los ojos de la norteamericana, en sus pupilas líquidas y temblonas, que se destacaban del nácar de las córneas con el brillo de una luz cambiante, reflejo mixto de malicia y candidez.

Acariciábale un perfume que venía de ella como una música lejana y conocida. Tal vez fuese ilusión de sus sentidos, excitados por el recuerdo; tal vez una errónea semejanza al encontrarse por vez primera, luego de su embarque, al lado de una mujer elegante. Aquella americana olía lo mismo que la otra; esparcía uno de esos perfumes indefinibles que no pueden adquirirse, pues carecen de nombre; un perfume irreal, que es como el uniforme impalpable que envuelve a las mujeres de todos los países acostumbradas a una vida de comodidades y refinamientos; perfume de carne cuidada con amor, de epidermis pulida por el frote higiénico; «olor de agua», según decía Ojeda.

«¡Oh, Teri!... ¡Teri!» Sus ojos encontraban también una semejanza fraternal en el cuello esbelto y ligeramente inclinado, lo mismo que el vástago de una flor que se ladea graciosamente bajo su peso; en las manos de blancura de hostia, con uñas abombadas y brillantes, parecidas a pétalos de rosa.

Era Mrs. Power; bastaba ver sus ojos de agua conmovida, escuchar su palabra glacial de mujer de negocios, para convencerse de su identidad; pero al mismo tiempo era la otra, por la línea majestuosa de su cuerpo, por el ademán suelto y despreocupado de hembra elegante segura de su poder de seducción, por el halo de perfume luminoso que parecía envolverla. Ojeda escuchaba su voz sin saber qué decía, pensando en Teri, viéndola junto a él bajo una nueva forma. Miraba a Mrs. Power como si fuera una máscara que acabase de encontrar en un baile y de la cual conocía el secreto a pesar de la voz fingida y el rostro desfigurado.

Llevaba varios días poblando la vida solitaria de a bordo con la imagen de Teri. Se había paseado con ella por el desierto de la última cubierta, oprimiendo su brazo aéreo, oyendo el leve crujido de sus pasos invisibles, murmurando dulces palabras que sólo obtenían una respuesta mental. Ella ocupaba un sillón vacío junto a sus libros en las largas tardes de lectura, y por la noche, al abrir el camarote, deslizábase detrás de sus huellas, misteriosa y sonriente, para no abandonarle en las horas de insomnio y ser lo último que veían sus ojos, esfumándose como una visión que se aleja cuando al fin le rozaba la mano del sueño.

Ahora, la mujer impalpable y luminosa que le seguía a todas partes había desaparecido, pero era para ocultarse indudablemente dentro de aquella otra real y tangible que tenía a su lado. Esta reencarnación se hacía sentir con un contacto menos ilusorio; pero en el misterio de su encierro la delataba su perfume. «¡Oh, Teri!... ¡Teri!» Su única preocupación por el momento era que la americana no dejase de hablar, que no huyese, llevándose con ella su oloroso nimbo.