Cerraba los puños amenazándose a sí mismo; pero un sentimiento de tristeza y desaliento sucedía a esta indignación. Deseaba ocultarse, como si en su vergüenza necesitase más sombra, más silencio, y huyó otra vez, siempre hacia lo alto, remontando la escalera de la última toldilla, cerca del puente.
Aquí, calma absoluta; la escasez de luz hacía más visible el azul profundo del cielo, más intenso el fulgor de los astros. La torre de la chimenea destacaba su obscura masa sobre el espacio punteado de resplandores; las vedijas de humo, al escaparse de su boca, empañaban por unos instantes el brillo de las constelaciones. El balanceo del barco hacía pasar las estrellas de un lado a otro de los mástiles, como luciérnagas juguetonas que saltasen entre palos y cordajes.
Ojeda experimentó la sensación de paz que desciende del cielo nocturno sobre los grandes dolores. Había momentos en que deseaba llorar, lo mismo que un niño que implora perdón. «¡Teri!... ¡Teri!» Ella viviría a aquellas horas seguramente pensando en él. Tal vez estaba ya en París, y en medio de los ruidos del bulevar, en un teatro o en una fiesta, su imaginación se apartaba de lo inmediato para seguir con angustia la marcha de un buque que sólo conocía de nombre. ¡Ay, si ella supiese! ¡Si ella pudiese ver!...
Se analizaba Ojeda con una minuciosidad cruel. No era digno de la dicha que había acompañado los mejores años de su existencia. Y sin embargo, él no se creía responsable; era su alma, el sexo de su alma, completamente distinto y divergente de su sexo material. Hombre como los otros, agitado y dominado por una virilidad rápida en sus impulsos, bestia de presa capaz de atropellar y matar, lo mismo que los varones prehistóricos, cuando le perturbaba la embriaguez del deseo, reconocía sin embargo que su alma era femenil, como las de la mayor parte de los humanos. Bastaba la visión de una carne desconocida, una sonrisa, una ojeada, para que diese al olvido juramentos y compromisos.
Se insultaba fríamente, y para aminorar su culpa, incluía en esta vergüenza a todos sus semejantes. «Nos consideramos muy hombres, y tenemos un alma de cortesana. Estamos a la espera de lo que llega, crédulos y fatuos para aceptar como una fortuna la primera hembra que nos mire, ágiles y prontos para nuevos deseos, olvidando el ayer con la inconsciencia de una profesional...»
De nuevo el recuerdo de la carta con los juramentos de Sigfrido volvió a su memoria. Aquel héroe membrudo, que con la espada partía yunques y mataba dragones, tenía igualmente un alma de mujer. Apenas separado de Brunilda, la olvidaba, fijando sus ojos en otra. En cambio, ella, la femenina walkyria, era el hombre en esta asociación amorosa. Su alma varonil y fuerte pertenecía a la aristocracia de los que prolongan un amor único hasta el más alto idealismo, ennobleciendo de este modo los instintos de la carne. Era el andrógino de las remotas leyendas, hombre y mujer a un tiempo; la personificación del verdadero amor, que domina la sed de nuevos deseos, desconoce la curiosidad que inspira lo extraño y anhela confundirse con el ser que ama, hasta suprimir toda dualidad y que los dos sean eternamente uno solo.
Y Teri era así. Con su charla de pájaro y su carácter en apariencia frívolo, era el varón fuerte e inconmovible. Expuesta a las tentaciones de otros hombres que la deseaban, no había vacilado jamás. Y él era la mujer sin voluntad, el alma débil y vulnerable a todo deseo, el instinto caprichoso que había que vigilar de cerca y tener siempre de la mano como a un niño enfermo.
Cuando juraba ser fiel con los más solemnes juramentos, poniendo por testigos el amor y la vida, nunca estaba seguro de decir verdad. Sentía la sospecha de que al día siguiente una blancura entrevista, un revoloteo de faldas, lo armonioso de una línea, el ritmo de un paso, la simple novedad de lo ignorado, podían hacerle correr fuera de su camino lo mismo que una bestia en celo. Y así era él: así la mayoría de sus semejantes. Y este animal, que, enloquecido por lo que considera amor, tiene en el momento supremo de su dicha movimientos simiescos, gesticulaciones demoníacas, zarpazos de fiera, es el más noble de la creación, el único depositario de la verdad. ¡Qué dirían de los hombres las tranquilas estrellas si alguna vez habían seguido sus actos con sus guiños luminosos!... ¡Ah, miseria!
Pasaba el tiempo sin que tuviese fuerzas para abandonar aquel banco lejos de la luz. Temía volver al ruido de abajo. Retardaba el instante de entrar en su camarote, como si de los tabiques pudieran desprenderse, saliendo a su encuentro, los recuerdos que había clavado con la fijeza de sus ojos en las horas nocturnas de melancolía.
Tres veces sonó la campana mientras él estaba allí, inmovilizado por el abatimiento, y otras tantas contestó desde lo alto del trinquete el baladro del serviola anunciando que las luces de posición seguían encendidas. Un oficial paseaba por el puente con la espalda algo encorvada y las manos en los bolsillos, deteniéndose a cada vuelta para sondear con sus ojos la obscuridad. Fernando le encontró cierto aire de monje yendo y volviendo con igual número de pasos por su claustro de acero. Junto a una luz oculta, que esparcía una tenue mancha rojiza—el resplandor de la bitácora—, estaba otro hombre, con los brazos en cruz, abarcando la rueda reguladora de la dirección del buque. Y acurrucado en su minarete, en medio de las tinieblas perforadas por luminosos parpadeos, existía el centinela invisible, el ronco cantor de las horas, espía avanzado que escrutaba los hostiles misterios de la noche y del mar.